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Análisis

Sergio Ramos, durante el partido de la selección española contra Malta.

REUTERS / DARRIN ZAMMIT LUPI

Ramos con espinas

Antonio Bigatá

La presencia del central madridista pone en cuestión la supuesta renovación de la selección española

Nadie podrá creer que Luis Enrique intenta efectuar una auténtica renovación en la selección española si mantiene en ella a Sergio Ramos. No es una cuestión de edad por sus 33 años y tampoco se trata de que no sea un hombre eficaz (esa es la palabra) sobre el campo, aunque su tradicional antideportividad militante manche a cualquier equipo en que se alinee. Es eficaz porque ha convertido en rutina aquello de que si pasa el balón no pasa el hombre, y su agresividad provoca un temor -no respeto, no admiración- en los futbolistas que deben encararlo sobre el césped y eso suele ser beneficioso para quien lo alinea.

En el deporte profesional de primer nivel las figuras, además de ser lo que son, también representan lo que representan y Sergio Ramos encarna a nivel planetario el juego individual bronco, la habilidad para cometer faltitas camufladas para que no las sancione el árbitro y la impetuosidad intimidante cuando se enfrenta a los dominadores del balón, a los futbolistas de verdad.

Patochada mediática

Acaban de jugarse dos partidos de una selección española experimental, con vocación rejuvenecida, y la prensa madrileño-madridista se ha volcado como nunca en alabarle. Quieren que los aficionados le reverencien como superviviente representativo del gran equipo que en los últimos años hizo gran fútbol y consiguió los mejores éxitos internacionales.

Pero el ramismo tiene mucho de patochada mediática porque aquella selección de Del Bosque o de Luis Aragonés si estaba definida por algo era por la presencia de la calidad y la finura de Xavi e Iniesta, dos auténticos polos opuestos a Ramos, y por el nivel técnico estelar de complementos como Piqué, Busquets y el Casillas que tuvo que irse del Madrid.

En la selección de Del Bosque, el central de Camas era algo así como el comisario político madrdista

En relación a ellos, Ramos allí era en todo caso el as de bastos que tenía la misión de advertir a los rivales de lo que podría pasarles si se extralimitaban con brusquedades contra los habilidosos barcelonistas porque en esa especialidad de la tranca él los superaría. También tenía otro rol de tipo ideológico: era el comisario político madridista infiltrado para que los periodistas de la capital considerasen al equipo nacional como algo propio y para que no tuviesen la tentación de escribir que la selección española no era simplemente la selección catalana haciendo cruyfismo pero disfrazada de rojo. En cualquier caso, Ramos siempre era la pierna dura representativa de aquel fútbol hispánico de raza, con tonalidad blanca, que tradicionalmente había fracasado -aunque gloriosamente, según los Matías Prats de turno- en casi todos los certámenes internacionales.

Ahora que Luis Enrique ha dejado de hacer tonterías con la alineación de Jordi Alba puede hacer lo que quiera con Ramos. Pero estaría bien que pensase que la imagen del equipo de España mejoraría mucho sin un tipo de esas características. Cosa diferente es lo del Real Madrid, donde tiene sitio porque el equipo sería irreconocible si únicamente lo formasen chicos correctos y deportivos. Si Florentino se ha tragado el marrón de lo que le dijo públicamente Ramos solo podemos desear que le aproveche. Si sique con él será porque Sergio le representa sobre el césped en sus propios parámetros favoritos de ética y estética, del mismo modo que Mou lo hacía desde el banquillo. En la selección sí, pero en el Madrid no sobra Sergio Ramos.