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Un síntoma de degradación

Los ponentes de la Constitución. 

ARCHIVO

Calidad humana-calidad democrática

Jesús López-Medel

Los jóvenes tiburones de los partidos actuales están muy lejos de propiciar climas de entendimiento y generosidad

Hace poco Nicolás Sartorius presentaba un sugerente libro titulado 'La manipulación del lenguaje' donde se muestran evidentes ejemplos de deliberados retorcimientos del significado real de los vocablos. La palabra 'democracia' parece que conlleva una significación clara pero su empleo es tan diferente según quién y dónde se exprese como para introducir tantos matices que incluso lleven a negar su  contenido real. Carcajadas produce su empleo en la definición legal de España en la etapa franquista como 'democracia orgánica' (ley de 1967) o su aplicación a las repúblicas comunistas de Europa del Este, igualmente totalitarias, calificadas de 'democracias populares'.

En 1978, con la Constitución (no antes) conseguimos recuperar la vigencia de una verdadera democracia. Aunque años después sus retrocesos provocaron una reacción, en un histórico 15-M (traicionado por Pablo Iglesias) que expresaba en sus cantos 'le llaman democracia y no lo es', con amplias dosis de exageración aunque los matices de la crítica siempre sean necesarios. Es indudable que en términos básicos, sobre todo formales, lo que tenemos en España es una democracia. Pero ello no impide, desde el inconformismo, expresar críticas a lo que es ahora un claro retroceso en la práctica.

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Hace poco murió otro de los siete ponentes constitucionales de 1978 (quedan solo dos vivos, Miquel Roca y Miguel Herrero, cuyos ángeles protejan). Yo guardo con fervor los cuatro tomos de trabajos parlamentarios firmados por los ponentes, salvo el gran Jordi Solé Tura, primer fallecido. Y es aquí cuando vuelves a pensar que lo que se consiguió entonces tenía que ver con un tipo de personas que hace cuarenta años, en sus responsabilidades públicas, se comportaban con valores humanos hoy muy desvirtuados.

En diciembre pasado, con ocasión de los 40 años de la ley fundamental, me preguntaba en este periódico, tratando sobre la mediocridad y la Constitución, si sería posible una Constitución para todos con la actual clase política. Ahora quiero, refiriéndome a José Pedro Pérez Llorca, enlazar la reflexión de lo que supone que, frente al panorama (aunque tampoco los idealicemos) del político de entonces, los actuales nos induzcan a la depresión.

Es indudable que el resultado de muchos proyectos en la vida dependen del factor humano. Así, mientras que pudo ser posible que del totalitarismo del franquismo se pasase a unas reglas que recogiesen una convivencia en pluralismo, la dimensión personal de los que después se convirtieron en controladores de los partidos y las instituciones del Estado ha generado una indudable pérdida de la democracia real.

El recuerdo reciente del ponente constitucional fallecido (¿cuántos Perez Llorca hay en los partidos ahora?) lleva a vincular la calidad democrática con la calidad humana de los protagonistas. Los jóvenes tiburones de los partidos actuales están muy lejos de propiciar climas de entendimiento y generosidad. Frente a ello, priman los egos y los espejitos ante los que, ensimismados de sí mismos, se dejan llevar por la autocomplacencia.