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Dos miradas

Andrés Manuel López Obrador recibe a Pedro Sánchez en el Palacio Nacional de la ciudad de México, el pasado 30 de enero.

REUTERS / CARLOS JASSO

López Obrador solo ofende a quienes reivindican la conquista de América como ejemplo de civilización ante la barbarie y la ignorancia de los indígenas, la quintaesencia del nacionalismo español

¿Hay que pedir perdón por los actos pasados, por todo lo que hicieron los padres y los abuelos mucho antes que tú nacieras? ¿Hay que reconocer los errores y las maldades de hace cinco siglos y asumirlos como propios, porque es aquí donde radica, de hecho, el concepto del perdón? Hay que pedir perdón siempre que el legado, precisamente, haya sido asumido como propio, como herencia que forma parte de la tradición política y cultural. Si se establece una continuidad histórica entre los antiguos criminales y los actuales herederos (institucionales) de aquellos criminales.

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Por eso es ridícula la reducción al absurdo que propone Josep Borrell cuando dice que los franceses no se plantean exigir disculpas a los italianos por la conquista de la Galia. Que sepamos, Julio César no era italiano, pero los conquistadores españoles sí que eran españoles y, por encima de todo, son reivindicados (¡aun ahora!) como ejemplos de civilización ante la barbarie y la ignorancia de los indígenas. Este es el quid de la cuestiónEspaña se siente ofendida por Andrés Manuel López Obrador. Es una afrenta no porque el perdón exigido sea una bobada extemporánea, sino porque la conquista de América ("con la romanización, la hispanidad es el hito más importante de la humanidad", dijo Pablo Casado), este genocidio, es la quinta esencia del nacionalismo español. Lo contemplan como una cirugía aséptica, no invasiva, fundacional. Por eso se irritan, airados, cuando les hablan de hemorragia y colapso masivo.