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Escenario preelectoral

Réquiem por el centro político

LEONARD BEARD

Réquiem por el centro político

Carlos Carnicero Urabayen

Que el PP haya perdido el norte abrumado por la llegada de Vox era de esperar, pero desconcierta la deriva de Ciudadanos

Dice Barack Obama que si se gana una campaña electoral dividiendo un país, después no se puede unir para gobernar. Me pregunto si en medio de la escalada de trincheras que vive la política española camino de la primavera electoral, los líderes de los partidos se han parado a pensar un minuto en ello. ¿Merece la pena ganar a costa de ignorar persistentemente los retos del presente y futuro?

Admitamos que el centro no es sexi, sobre todo en estos tiempos acelerados por la combustión de medios y redes. Es el espacio de entendimiento, el núcleo sobre el que las sociedades plurales pueden alcanzar acuerdos y avanzar 'unidas en la diversidad', como dice el lema de la UE. El centro vive de los matices, de la capacidad de aceptar razones en los discursos ajenos, de evocar un matizado 'sí, pero' en medio del excitante ruido.

Camino de las cuartas elecciones generales en ocho años, 'The Economist' resume el estado de la cuestión: “Lo más preocupante es que los tres más grandes partidos -sobre todo PP y Ciudadanos- están dedicando más energías a pelearse entre ellos que en confrontar los problemas de España. Las emociones y los cálculos electorales a corto plazo están triunfando sobre el interés nacional”.

Voladura de puentes

Muerto el bipartidismo, tantas veces señalado como el germen de los males de la política en nuestro país, asistimos ahora a una fragmentación creciente -cinco jugadores principales tras la llegada de Vox- pero sin atisbo de la cultura danesa de la serie 'Borgen' a la que un día soñamos con emular. En el país que hizo el milagro de la Transición, la continua voladura de puentes de las nuevas generaciones de líderes es deprimentemente cansina y superflua.

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Que el PP haya perdido el norte abrumado por la llegada de Vox, competencia directa por el flanco derecho, era de esperar. ¿No acabamos de celebrar el aniversario del 11-M y recordado de lo que fue capaz para intentar mantenerse en el poder? Es desconcertante, en todo caso, que la nueva hornada de líderes como Pablo Casado sean más rancios que la generación de Rajoy.

Más novedosa ha resultado la deriva emprendida por Ciudadanos, promesa liberal, transmutado ahora en partido dispuesto a entenderse con Vox pero no con el PSOE. Desconcierta su apuesta por la exageración constante, asumiendo que un elector fanatizado les seguirá incluso aunque la evidencia desvista sus denuncias. Se puede repetir mil veces que Sánchez ha vendido España a los independentistas, pero ¿incluso aunque haya convocado elecciones?

La sobreactuación es enemiga de la esencia. Ciudadanos no tiene que convencernos de que defenderá los derechos de todos los españoles, dentro y fuera de Catalunya, algo que tiene acreditado, sino demostrar ser una fuerza útil para resolver los problemas.

El PSOE se frota las manos, aunque debería estar preocupado porque con Podemos no parece sumar y ya conocemos el resultado de gobernar apoyándose en partidos independentistas, antitéticos a sus esencias. Cuando PP y Ciudadanos se acercan, el PSOE de Pedro Sánchez apuesta por el calambre. Memorables los ataques a los azules y naranjas por ensalzar la figura de Antonio Machado en el aniversario de su muerte, o el sectarismo de su canto “feminismo liberal, ridículo total”. ¿Ni siquiera la igualdad de la mujer puede ser una política de Estado?

De espaldas a los grandes problemas

Dice el CIS que la mitad de los jóvenes no tiene pensado ir a votar. Cómo culparles si sienten que el incansable 'show' no tiene que ver con los problemas que afrontan cada día. Salarios bajos, trabajos impulsados por la nueva economía, subidos en bici y sin derechos, alquileres imposibles... Por no hablar del grito planetario de los más jóvenes para que se tome en serio el cambio climático, una política demasiado seria para este estado de vacía excitación.

El efecto bola de nieve de la instantaneidad y la confrontación despliega efectos también hacia fuera. Celebraremos elecciones europeas a final de mayo. España quiere tener cada vez más influencia, sobre todo ante la oportunidad de que la previsible salida británica facilite un nuevo espacio. Pero sin resolver el conflicto catalán, que exige luces largas, nuestra acción exterior tendrá siempre un pie cojo porque no remamos todos a una.

Tomemos nota del espectáculo del 'brexit'. Si un país con tanto prestigio, tanta riqueza y una tradición democrática tan añeja como Reino Unido es capaz de tirar casi todo por la borda por su obsesiva voladura de puentes, dentro y fuera del país, qué no podrá pasarnos a nosotros. Candidatos, eleven sus discursos y sáquennos del barro.