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Editorial

'Caso Maristas': una injustificable ocultación

Son demasiadas las infancias arrebatadas que no quedarán resarcidas en un juicio que se queda corto ante las dimensiones del horror

Joaquim Benítez, en el banquillo de los acusados.

Joaquim Benítez, en el banquillo de los acusados. / ALBERT BERTRAN

No hubo acuerdo entre las partes y el juicio del exprofesor de los Maristas Joaquim Benítez sigue su curso. El acusado solo admite el caso de pederastia que confesó en su día a EL PERIÓDICO. De la veintena de denuncias que pesan sobre él, solo los abusos cometidos contra cuatro escolares no han prescrito y son juzgados. Las víctimas han revivido ante el tribunal el padecimiento sufrido durante su infancia. También los dos agentes que investigaron el ‘Caso Maristas’ han detallado el modo de actuar del depredador, siempre el mismo patrón, y las trabas que les puso la escuela Maristas de Sants para recabar información sobre el acusado. Según las denuncias, Benítez actuó con impunidad entre el 1986 y el 2011. Veinticinco años de padecimientos en los que la escuela no quiso o no supo ponerse al servicio de las víctimas. Tampoco de la policía, ya que trató de proteger al pederasta. Son demasiadas las infancias arrebatadas que no quedarán resarcidas en un juicio que se queda corto ante las dimensiones del horror.

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Igual que los Mossos han confirmado el modo de actuar de Benítez, el ‘Caso Maristas’ desnuda el patrón que la orden religiosa seguía ante cada delito de pederastia cometido en su seno. El peso de la culpa y del silencio siempre caía sobre la víctima. Quizá carezca de importancia, pero en su declaración como testigo, Pere Farré, vicario de los Maristas cuando este diario destapó el escándalo, ha preferido prometer que jurar decir toda la verdad. Curiosa elección para un religioso.