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Análisis

El profesor Joaquim Benítez, a su llegada al juicio.

ALBERT BERTRAN

Salvar a los menores y no a los pederastas

Ana Bernal-Triviño

Las reacciones tibias, tardías o ineficaces han ocasionado un daño añadido a las víctimas, que se han sentido solas frente al gigante manto de silencio que cubre los abusos

El caso de los Maristas ha empezado de la peor manera posible: sin acuerdo previo. Eso expone a las víctimas a revivir, con sus testimonios, lo que no quieren recordar. Tendrán que reproducir en su mente todo lo que sucedió en aquellos abusos y agresiones a puerta cerrada. Y no solo esto, sino también el temor a que se ponga en duda su palabra, lo que más puede dañar a los afectados. A día de hoy son supervivientes, pero no a cualquier precio. Ni siquiera cualquier indemnización puede cubrir el daño y trauma por el que estas víctimas han pasado durante años, en un esfuerzo continuo. Nunca hay que olvidar que estos hechos ocurrieron durante la infancia, la etapa más vulnerable y sin defensa. Tampoco hay que olvidar las crisis de ansiedad, el estrés, los trastornos depresivos, la falta de autoestima, la indefensión y la gestión emocional que han afrontado en determinadas situaciones durante su crecimiento, hasta ser adultos. Retos y obstáculos, en una batalla diaria para estas personas.

Urgente reforma del Código Penal

Hablamos de violencia sexual, de cómo la educación patriarcal ha fomentado la violencia no solo hacia las mujeres sino también hacia los niños y niñas. Aprovechando su situación de poder y la inocencia de los menores, los pederastas se creen a salvo. En este caso, además, valiéndose del nombre de una institución educativa con valores católicos, con el respaldo de saber que no era un caso aislado, sino una práctica que nadie en la Iglesia reprobaba con contundencia. Es urgente afrontar la reforma del Código Penal para que el abuso y la agresión infantil no prescribanQue el sistema salve a los menores y no a los pederastas.

El derecho de la infancia a una vida sin violencia debe ser la primera de nuestras obligaciones. Pero, para ello, los pederastas deben saber que un Estado democrático no ofrece resquicios, sino que frente a su delito se encontrarán con el muro de la ley y que, más tarde o más temprano, se verán entre rejas.

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No hay acto de violencia sin conocedores que miran de lado. En mi opinión, las dos más graves: la institución de los Maristas (respaldada por la ineficacia con que la Iglesia ha tratado durante años la pederastia) y el papel neutral de Ayuntamiento de Barcelona y la Generalitat de Catalunya. En todos estos actores, las reacciones tibias, tardías o ineficaces han ocasionado un daño en las víctimas, que se han sentido solas frente al gigante manto de silencio que cubre a la pederastia.

Algo no va bien cuando de 40 denuncias a profesores maristas solo uno va a responder, y solo por cuatro denuncias. Frente a ese daño queda reconocer a quienes estuvieron a la altura (y más) ante este grave delito. Unos padres que se enfrentaron a esta institución, que creyeron y apoyaron a sus hijos. Un diario como EL PERIÓDICO DE CATALUNYA que, cuando supo del primer caso hasta el último, no lo ocultó y asumió la función social del periodismo. Y una sociedad que, espero, cada vez más, mire de frente, y no de lado, a la atrocidad de la pederastia.