25 oct 2020

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La semilla del odio

El sueño de la nación

MONRA

El sueño de la nación

Clara Usón

Inducir miedo y odio y apelar a la patria es mucho más sencillo que gobernar bien, y funciona, ya lo dijo Göring

En un vídeo que se puede ver en Youtube: en una mañana clara y soleada, un poeta de cabello alborotado recita sus versos en la cima de un monte: “Puedo oír el desastre caminando. La ciudad se quema como el incienso en una iglesia”.

Aunque tiene una voz sonora, poderosa, es difícil entender lo que dice, el estruendo de las granadas y de los obuses, el tableteo de las ametralladoras es infernal, ahoga sus palabras. Entusiasmado, el alto poeta de la notable cabellera, abarca con un amplio gesto de los brazos la ciudad acribillada que se extiende a sus pies, en lo hondo del valle, y confía a su acompañante: “Todo esto yo lo vi, la guerra, las armas, la destrucción… Yo lo escribí hace mucho tiempo. Muchos de mis poemas tienen algo de profético que incluso a mí me asusta”. Su interlocutor, el escritor ruso Limonov, le escucha impresionado. Es su invitado, y sería un acto de descortesía imperdonable replicar al poeta que su profecía tiene truco: si las bombas, las granadas y los obuses caen implacables sobre la ciudad es porque él, Radovan Karadzic, presidente de la Republika Srpka, lo ha ordenado. ¡Así cualquiera hace realidad sus versos!

Abajo, en la ciudad quemada, intentan resguardarse del fuego inclemente de la artillería serbia los vecinos del poeta asesino, los lectores de sus libros de versos, los pacientes de su consulta de psiquiatría, sus amigos, su ahijada musulmana...

¿Cómo nace un monstruo? ¿Cómo nace un héroe? (El héroe para unos es monstruo para otros.)

Karadzic, el serbio más serbio de todos los serbios, nació en Montenegro: no era serbio. Y, desde luego, no era bosnio, pero allí estaba, encaramado a un cerro, contemplando satisfecho cómo sus soldados limpiaban a Bosnia de bosnios. “Todas estas tierras son nuestras”, explica a su invitado. “Fueron ocupadas por los turcos y los actuales musulmanes son sus descendientes. Los serbios que no se convirtieron al islam y se refugiaron en las montañas, son los auténticos serbios”.

Y esa masacre él ya la había profetizado, no solo en sus versos sino también en sus mitines políticos: “Tienen que saber que hay veinte mil serbios armados alrededor de Sarajevo… Será un caldero negro en el que morirán trescientos mil musulmanes”. “Desaparecerán, esta gente desaparecerá de la faz de la tierra. Habrá una auténtica matanza”.

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¿Cómo nace el odio? ¿Cómo nace el miedo? Y, sobre todo, ¿cómo se contagia?

Con suma facilidad. Göring, que era un experto, lo expresó en pocas palabras: “La gente no quiere la guerra. (…) Es comprensible. Es tarea de los líderes del país encaminarlos, dirigirlos a ella. Es muy fácil: todo lo que tienes que decirles es que están siendo atacados, denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y por poner el país en peligro. Siempre funciona”.

Odio y miedo, dos caras de la misma moneda. El miedo une y el odio aún más. Tiene un curioso efecto euforizante, para el que odia, todos los problemas se reducen a uno: eliminar el objeto de temor/odio, una vez lograda esa meta, todo será maravilloso.

Allí, en los Balcanes, fue donde empezó todo, en esas guerras interminables que a Europa le producían vergüenza ajena y no quiso reconocer como suyas. Trump, Putin, Orbán, Bolsonaro, Salvini, Abascal, Alternativa por Alemania, y tantos otros, deben derechos de autor por su argumentario básico a Milosevic y a Karadzic. (El supremacista blanco que perpetró la masacre de Christchurch escuchaba en su coche, de camino a la mezquita, canciones chetkniks en honor de Karadzic).

Un zoólogo observó un comportamiento curioso en los orangutanes: cuando un macho alfa se sentía acosado por otros machos, con gestos y sonidos les anunciaba la proximidad de un tigre: ante la amenaza común, las hostilidades se disipaban, toda la manada, unida, huía de la fiera imaginaria.

Y eso está haciendo el macho alfa blanco occidental que ve su liderazgo amenazado, conjurar un peligro colectivo, que puede ser el Otro, el intruso, el que no es como nosotros, porque no reza a nuestro Dios ni habla nuestra lengua o, al contrario, el que más se nos parece, el vecino/enemigo, España, Catalunya, la Unión Europea…, e incitarnos a odiarlo.

Apelar a la patria es mucho más sencillo que gobernar bien, y funciona, ya lo dijo Göring. Karadzic es un genocida para la justicia europea pero un héroe para los suyos. La semilla de odio que sembró ha dado frutos.

El sueño de la nación produce monstruos.