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LARGO PLAZO

Un hombre utiliza un móvil ante unas oficinas de Google en Nueva York. 

AP

Tecnología y equidad social

Olga Grau

En el futuro, las grandes tecnológicas acabarán troceadas acusadas de monopolios y elusión fiscal reiterada si no enmiendan su comportamiento

La comisaria europea de la competencia Margrethe Vestager es una llanera solitaria en la lucha contra los monopolios de los grandes gigantes tecnológicos. La política danesa ha impuesto esta semana una nueva multa a Google de 1.500 millones de euros, con lo que ya van tres durante su mandato por un importe conjunto de 8.250 millones.

La cruzada de Vestager contra las tecnológicas es encomiable y al menos ayuda a los ciudadanos a pensar que no hay impunidad total para los poderosos, pero no es la solución al problema. Los beneficios de los abusos reiterados durante años compensan de largo las multas, de manera que las tecnológicas apuestan por aquello que dice el refrán "que me quiten lo bailado".

Así, durante la década investigada por Bruselas, la empresa Alphabet de Google ha incrementado sus ingresos de forma extraordinaria, de 22.000 millones de dólares a 137.000 millones. Además, las multas todavía no se han cobrado porque el gigante tecnológico las ha recurrido todas gracias al asesoramiento de las mejores firmas legales del mundo.

Las prácticas monopolísticas no son el único pecado original de las tecnológicas. Los gigantes digitales tienen la costumbre de redirigir rentas a países de tributación más favorable con el único fin de evitar la imposición allí donde toca, es decir, en los países donde realmente se obtienen los rendimientos. Para decirlo claro: las conocidas como GAFAM (antes Gafa), esto es, Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft, practican la elusión fiscal. 

El hecho de que creen empleo no puede ser usado como argumento para eximirlas de la tributación justa a la que están sometidas el resto de las multinacionales. Y menos en un contexto en el que las rentas del trabajo son las que cargan con el mayor peso tributario en las sociedades europeas, en detrimento de las rentas del capital. 

La UE rechazó hace apenas diez días la tasa Google por el bloqueo de cuatro países: Irlanda, Dinamarca, Suecia y Finlandia. Los impulsores de la tasa fían ahora la implantación de ese impuesto a un acuerdo en el marco de la OCDE a finales de 2020.

El fiasco europeo puede convertirse en oportunidad si los mayores países industrializados del mundo son capaces de tejer un marco común para regular la economía digital de la mano de la UE. Es cierto que la nueva economía no se puede regular desde las leyes de la antigua economía. Hay que pensar en aspectos relevantes como los incentivos a la innovación y la velocidad del mundo digital.

Pero la nueva economía no puede rechazar, por viejos, los principios que deben regir una sociedad justa. La responsabilidad, la justicia, la redistribución y la equidad. Una sociedad mejor es una en la que los beneficios se reparten para compensar los desequilibrios. Y la mejor manera para asegurarlo es la responsabilidad tributaria. Google no puede basar su negocio en pagar multas que le salen baratas. Lo que tiene que hacer si no quiere acabar troceada en el futuro como consecuencia de su mala reputación es hacer las cosas bien y pagar los impuestos que tocan. Como el resto.

Temas: Google