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Editorial

Una movilidad no contaminante

Las políticas de restricción al tráfico deben tener alternativas económicas, prácticas y accesibles

Contaminación sobre Barcelona en una vista desde el barrio de Singuerlín, en Santa Coloma.

Contaminación sobre Barcelona en una vista desde el barrio de Singuerlín, en Santa Coloma. / FERRAN NADEU

En los últimos días, el Àrea Metropolitana de Barcelona ha presentado su plan de movilidad urbana 2019-2024, con 102 medidas concretas, aunque algunas dependan del compromiso presupuestario real de otras administraciones con el transporte público, y el RACC ha planteado otras 45 propuestas para mejorar la movilidad en Barcelona. Con el último episodio de contaminación atmosférica y las movilizaciones juveniles para reclamar compromisos concretos ante el cambio climático tan recientes, es evidente que la reducción de las emisiones debe ser el objetivo número uno de cualquier planificación del transporte en la metrópolis.

Sobre el debate sobrevuelan diversas propuestas para disuadir el acceso a los vehículos contaminantes: la penalización al estacionamiento, las tasas a los vehículos con más emisiones, la reducción del espacio reservado al coche o incluso, en último extremo, formas aún por definir de peaje. No es realista esperar que el tráfico privado disminuya sin algún tipo de restricciones. Pero ni serán efectivas, ni serán justas para los ciudadanos con menos capacidad económica para afrontar cualquiera de estas penalizaciones, si las medidas de estímulo a la movilidad no contaminante (desde carriles bici a los servicios de vehículo compartido, públicos o privados y la renovación del parque móvil) y las mejoras en el transporte público no consiguen seguir avanzando como alternativas cada vez más económicas, prácticas y accesibles.