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Dos miradas

El Síndic de Greuges, Rafael Ribó, en la rueda de prensa sobre los lazos amarillos.

ACN / Pol Solà

El Síndic y la pantomima

Emma Riverola

Torra necesitaba un salvoconducto para transitar con dignidad de la voz inflamada de la épica (quizá lo único que queda) a la vulgar obediencia constitucional

De defender los derechos de la ciudadanía a sacar las castañas del fuego al poder. El uso y abuso de la figura del Síndic por parte del Govern ha vivido otro momento glorioso con el último sainete. La decisión de la Junta Electoral Central de ordenar retirar los lazos amarillos de los edificios públicos de cara a las próximas elecciones era incuestionable. Es evidente el carácter ideológico de los lazos. Por eso tantos los lucen en sus solapas. Es una reivindicación legítima, un grito de solidaridad. Pero por ese carácter lleno de significado no pueden exhibirse en unos edificios que representan a toda la ciudadanía. Es, al fin, una cuestión de democracia. Esa bella palabra que el ‘procés’ se empeña en modelar hasta vaciarla de contenido.

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De nuevo, la desobediencia. Esa desobediencia tan peculiar, protagonizada por un gobierno y jaleada por los medios públicos. Pero la desobediencia, aunque sea diseñada al milímetro como la ‘fake DUI’, tiene sus riesgos y Torra no quiere correrlos. Se necesita un salvoconducto para transitar con dignidad de la voz inflamada de la épica (quizá lo único que queda) a la vulgar obediencia constitucional. Y ahí está el Síndic. El guion tiene un extraordinario parecido al que ya sirvió para poner fin a la huelga de hambre de los presos. En ambos casos, se trata de aplacar lo que antes se ha avivado, que no parezca un paso atrás. Efectivo, pero triste el papel de Rafael Ribó en la pantomima.