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LIBERTAD CONDICIONAL

Las alegrías de la maternidad

Las alegrías de la maternidad

Lucía Etxebarria

A una mujer que no quiera ser madre, que se atreva a decir alto y claro que no quiere tener hijos, se la mira mal. Algo raro habrá en ella, se dice la gente. Es egoísta, o rara. O masculina. Pero ojo, que a las madres se nos puede mirar aún peor, si no nos adaptamos al rol sacralizado que de nosotras se espera.

En el juicio por la custodia de mi hija, la abogada de la parte contraria utilizó como argumentos para negar mis habilidades parentales el hecho de que yo, según ella, era promiscua y bisexual y mi vida, por lo tanto, «desquiciada e inestable». Mi abogada no consideró oportuno responder en la demanda tal y como, en un estado de derecho, se hubiera debido responder. Es decir, destacando la obviedad de que la vida sexual y privada de una persona nada tiene que ver con su capacidad para cuidar y criar a un niño. Sabíamos que la jueza era muy conservadora. Así que se utilizó una ironía como cortina de humo. «Resulta casi halagador que la parte contraria considere que una mujer de la edad de mi representada, que tiene un trabajo exigente y una hija a su cargo, pueda permitirse esa vida disoluta. Pero no es el caso».

Te dicen que la maternidad te va a hacer absolutamente feliz. Nadie te avisa de que conlleva una anulación del 'yo'.  Sobre todo, porque esa anulación del 'yo' está muy bien vista: Se espera que dejes de ser tú misma para pasar a ser «la mamá de».  Las madres de los amigos y amigas de mi hija ya no me presentaban como Lucía Etxebarria, sino como «la mamá de Allegra». Ni siquiera «la madre de Allegra». La mamá. Como si el hecho de tener un hijo pequeño te obligue de forma inmediata a hablar como uno.
Cuando te encuentras triste y echas de menos la vida que tenías, despreocupada y sin responsabilidades, no se lo puedes contar a nadie, porque el miedo te atenaza. Temes que te juzguen. Y, por Diosa, ¡que nadie te encuentre borracha en un bar! Si lo hace el padre es una bala perdida. Pero si lo haces tú, eres un súcubo, una irresponsable, y te deberían quitar la custodia ya mismo.

Nadie te avisa
de que tener un
hijo conlleva
una anulación
del ‘yo’. Sobre
todo, porque
esta anulación 
está bien vista
socialmente

A todo esto, no recibes más que mensajes (desde la televisión, desde las redes sociales) de que debes ir al gimnasio y comer sano. ¿Pero quién tiene tiempo de ir al gimnasio, al mercado a diario en busca de frutas y verdura fresca, tiempo para cocinar, cuando tiene que hacerse cargo del trabajo fuera y de la carga mental que supone tener una criatura? Tú no llegas del trabajo y te tumbas a la bartola, no. Llegas del trabajo, preparas cena, regulas baños, mientras piensas que pronto ya no habrá papel higiénico, que la pasta de dientes se ha terminado, y que hay que comprar la de sabor a chicle de fresa, que hay que idear un traje de flor para la fiesta de fin de año, y comprar una cartulina grande amarilla para un trabajo sobre Napoleón que como siempre acabarás haciendo tú, a última hora de la noche.

Y tus amigas, en la piscina, te culpan a ti por tener estrías, porque no usaste la crema anti estrías y no te diste masajes. Como si hubieras tenido tiempo de pensar en algo así en el postparto, cuando ni siquiera dormías.

Y luego te encuentras reviviendo de pronto, a punto de cumplir los 50, el mismo dilema de cuando eras adolescente. Entonces, si no tenías novio a los 15 eras rara y una estrecha, pero si te liabas con más de uno, eras una puta. Ahora, si eres permisiva con tu hija (adolescente ahora ella), eres una madre despreocupada. Y si eres protectora, una madre invasiva, una madre helicóptero.

A veces, te sientes un poco estafada, piensas que nadie te advirtió en realidad de lo que significa tener hijos. Ni a ti, que lo has tenido sola, ni a tus amigas, que los tienen en pareja, pero se quejan tanto como tú. Te preguntas hasta qué punto la tuya fue una decisión libre, si una decisión libre exige conocer de antemano las consecuencias de esa decisión. Te preguntas hasta qué punto existe un deseo libre de ser madre, no atravesado en ninguna medida por los discursos familiares, sociales, culturales o por los deseos ajenos. Y lo peor es que te sientes obligada a finalizar este artículo explicando que sí, que adoras a tu hija por encima de todas las cosas. Pero, ¿de verdad hace falta explicarlo? ¿No puede una sentir amor y sentirse estafada a la vez? ¿No puede una estar harta de tener que demostrar a todas horas lo buenísima madre que es? ¿No puede una desear que la miren sobre todo como persona, y que, al igual que a un hombre, dejen a una de preguntarle cada vez que se la encuentran por la calle que cómo está su hija?