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La normalización de la diversidad

Ilustración de Leonard Beard.

LEONARD BEARD

Para no lamentarlo luego

Ángeles González-Sinde

Cada voto que no pongamos en la urna multiplicará el valor de las papeletas de Vox. Y ya será tarde

Dicen los estudios que en películas y series patrias los personajes masculinos superan con creces a los femeninos en roles principales. Se constata también que el aspecto físico condiciona a las actrices infinitamente más que a los actores. Y luego está la edad: según un estudio de AISGE (entidad de gestión de los actores), en la totalidad de la producción audiovisual entre el 2014 y el 2016, el 80% de los personajes protagonistas de más de 45 años fueron hombres. También nos indica el estudio que los personajes femeninos suelen tener menor relevancia narrativa e influyen menos en la historia. Este es el panorama medio, salvo en un caso: el de las series diarias de sobremesa, esos melodramas en los que las limitaciones de producción curiosamente juegan a favor de la igualdad en mayor medida que en las otras producciones, las que sí tienen medios y presupuesto para diseñar tramas y personajes con libertad.

Llevo tres años en el equipo de guionistas una de esas series, 'Amar es para siempre', que va por su séptima temporada en Antena 3 después de otras siete en TVE bajo el título 'Amar en tiempos revueltos'. Hablo con conocimiento de causa. Las constricciones del género y de las condiciones de producción (toda la acción tiene que ocurrir en los decorados disponibles y entre el elenco habitual; es muy excepcional poder introducir personajes secundarios o incidentales así como variar de decorados) obligan a que en las diarias ocurran cosas que en el resto de la ficción son infrecuentes simplemente porque todos los personajes, sean hombres o mujeres, jóvenes o viejos, acaban teniendo que hacer de todo: enamorarse, desenamorarse, trabajar, estar desempleados, delinquir, vengarse, mandar, rebelarse, tener dificultades con los hijos, atender a los familiares en conflicto, etcétera. No significa esto que sean todos buenos, sino que la maldad, la bondad, la empatía o la autoridad se alternan entre hombres y mujeres dando juego a todos en un universo muy cerrado.

La historia de amor entre dos mujeres en una serie ha gustado y el fútbol actúa contra la homofobia: poco a poco los muros se van derribando

Una de las tramas que más éxito ha tenido esta temporada es la de dos personajes femeninos: Luisita y Amelia (Paula Usero y Carol Rovira). Hasta tal punto ha gustado, que en las redes surgió la etiqueta #luimelia. Esta historia de amor entre dos mujeres jóvenes se diferencia de otras historias de lesbianas en el audiovisual en que no incide en la sexualidad ni explota la mirada de los espectadores masculinos con tórridas escenas eróticas, sino que apela a la naturalidad y la normalización, a pesar de las constricciones del género del melodrama que siempre tira a la exacerbación. Eso es lo que ha gustado a los espectadores de toda edad y condición y en particular al colectivo LGTB que la ha tomado como referente.

Mientras las redes celebraban que en la ficción de una cadena generalista dos lesbianas pueden mantener una relación de normalidad (esto es, la misma normalidad llena de trabas y malentendidos que las parejas heterosexuales), coincidía que Luis Rubiales, presidente de la Real Federación Española de Fútbol, declaraba a la Federación como “aliada de la diversidad” y anunciaba la creación de una plataforma para luchar contra la homofobia y la discriminación en los campos de fútbol. Albricias. Todo un acontecimiento pues el fútbol, como la televisión en abierto, no suelen ser entornos que arriesguen, pero la realidad social de nuestro país tiene un deseo de normalización tal que poco a poco los muros se van derribando.

Parecería entonces que algunos cambios y libertades se van consolidando: buenas audiencias en una serie dirigida a un público muy amplio dispuesto a identificarse con el amor entre mujeres; campos de fútbol que se abren a la diversidad y lo anuncian a bombo y platillo… y en esto que se incorporó al Senado el primer senador de Vox designado por el Parlamento andaluz.

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Quiso el azar que ese día 20 de febrero casualmente tocara votar una declaración institucional contra la LGTBIfobia en el deporte, es decir, un texto simbólico, no vinculante que decía algo tan sencillo y poco comprometedor como “Lamentamos que digan dándose casos de discriminación sexual, identidad o expresión de género en cualquiera de las manifestaciones deportivas”. Había acuerdo entre todos los partidos, incluidos los conservadores, pero no se pudo. El senador de Vox se opuso y es imprescindible la unanimidad. Los que leímos la noticia nos quedamos atónitos: la política se alejaba de la realidad.

Sirva esto de recordatorio de los riesgos que corremos si en las próximas convocatorias electorales ya sean nacionales, locales o europeas, dejamos que nos venza la apatía, el escepticismo o el hartazgo y no acudimos a votar. Cada voto que no pongamos en la urna multiplicará el valor de las papeletas que los partidos populistas y extremistas como Vox consigan. Y entonces lo lamentaremos. Y será demasiado tarde.