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Masacre en Nueva Zelanda

Concentración de protesta en Nueva Zelanda contra los ataques a dos mezquitas. 

AP PHOTO / KIRSTY WIGGLESWORTH

El mismo terror, el mismo miedo

Sonia Andolz

La ideología es la excusa, la narrativa, el mensaje instrumentalizado para agrupar y cohesionar individuos alrededor de una causa

Decenas de personas asesinadas a tiros por pertenecer a una misma comunidad. Atacantes jóvenes que habían pasado inadvertidos a los servicios antiterroristas. Ataques retransmitidos en directo en redes sociales con las cámaras que llevaban los terroristas. Personas corriendo aterrorizadas, heridos, familiares que desconocen dónde han quedado los suyos, terroristas huyendo. ¿Les es familiar la descripción?

Ahora añadan que los ataques han ocurrido en dos mezquitas durante la oración del viernes, que las víctimas son musulmanas, los atacantes, hombres blancos, y que ha ocurrido en nuestras antípodas: la pequeña y desconocida Nueva Zelanda. País tranquilo y sin grandes ajetreos políticos, a remolque en muchos temas de Australia, y cuya política exterior está claramente marcada por su situación geográfica en medio del océano.

Australia queda más cerca de otras fronteras para las rutas de mafias de tráfico humano y para quienes huyen sin intermediarios de conflictos y persecuciones en la región. A Nueva Zelanda no se llega fácilmente y la mayor parte de quienes lo hacen es a través del aeropuerto y de forma regular. El país tiene una densidad demográfica baja y puede acoger a nuevos ciudadanos. Precisamente la mayoría de quienes rezaban en las mezquitas atacadas eran personas que llevaban pocos meses en el país provenientes de Sri Lanka, Fiji, Bangladesh... En cambio los atacantes eran nacidos o crecidos en Nueva Zelanda, simpatizantes de extrema derecha y radicalizados individualmente sin pertenecer a ninguna organización -según la información disponible en el momento de escribir este artículo-. Los servicios de inteligencia neozelandeses no tenían información sobre ellos y no eran objeto de seguimiento.

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Si bien los casos personales de radicalización extragrupo siguen siendo imposibles de evitar, este ataque pone de manifiesto una vez más que centrar el foco de estudio en una sola tipología de terrorismo, la llamada yihadista, es equivocado, simplista y estigmatiza. Las radicalizaciones no responden realmente a una ideología concreta. La ideología es la excusa, la narrativa, el mensaje instrumentalizado para agrupar y cohesionar individuos alrededor de una causa que, a menudo, solo representa los intereses personales de los líderes, no de quienes sirven de peones.

No hay nada nuevo en este ataque en Nueva Zelanda en cuanto al desarrollo, las armas o la tipología. Sigue la fascinación por publicitar los ataques y convertirse en mártires, en héroes de quienes consideran seguidores de su propia cruzada. Los terroristas de Christchurch han añadido medios al retransmitir en directo los tiroteos de la masacre pero algunos atacantes en escuelas en EEUU ya habían usado las redes para publicitar sus crímenes. Quedémonos con lo imprescindible: todos somos potenciales víctimas y las radicalizaciones no entienden de credos, orígenes o religiones. Los motivos son variados y a menudo alimentados por intereses mayores. Solo así las sociedades democráticas podremos enfrentar la lacra de quien se cree superior y lo demuestra matando.