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ANÁLISIS

Theresa May, primera ministra británica.

Viaje a ninguna parte

Albert Garrido

La peor charcutería política se ha adueñado del escenario y la improvisación ha ocupado el lugar del pragmatismo

La aprobación por amplia mayoría de la propuesta del Gobierno británico para prorrogar hasta el 30 de junio la fecha de salida de la Unión Europea puede ser una trampa para elefantes si antes del 20 de marzo la Cámara de los Comunes no vota a favor del acuerdo alcanzado por Theresa May con la Unión Europea, rechazado en dos ocasiones por el Parlamento de Westminster. La prórroga puede quedar en nada si el frente brexiteer sigue sin dar su brazo a torcer, en cuyo caso la prórroga deberá ser forzosamente más larga –la Cámara votó el miércoles contra una salida sin acuerdo–, o acaso ceda, pero sin otro propósito que desgastar aún más la figura de la premier, embarcada en un viaje a ninguna parte si el aplazamiento del divorcio no sirve para desencallar la nave en la fecha prefijada.

            Mientras los empresarios se alarman por las amenazas que se ciernen sobre la economía, algunos vaticinios pintan un futuro de malos presagios para la libra y los Veintisiete intuyen la extensión de nuevas negociaciones bastante más allá del 30 de junio, la peor charcutería política se ha adueñado del escenario y la improvisación ha ocupado el lugar del pragmatismo. Ni siquiera da pie a la esperanza de una gestión ordenada del brexit la posibilidad de que el fiscal general, Geoffrey Cox, añada una interpretación jurídica adicional al informe que presentó el miércoles sobre las últimas garantías dadas por Jean-Claude Juncker a May acerca del tiempo de vigencia de la frontera blanda entre las dos Irlandas. El propio Cox suministró nuevos argumentos a los eurófobos al dar por insuficientes las aclaraciones bruselenses de última hora, y es difícil que una adenda ad hoc en tiempo de descuento los haga cambiar de opinión.

            Es asimismo difícil que el Consejo Europeo del jueves y viernes de la próxima semana transija en una prórroga sin objetivos o con objetivos difusos, salvo que la demora en la aplicación del artículo 50 de la Tratado de la Unión fuese mucho más allá del 30 de junio –en eso piensa Donald Tusk–, lo que parece que obligaría al Reino Unido a participar en las elecciones de mayo al Parlamento Europeo, algo que los brexiteers ni siquiera quieren considerar. Está amortizada la táctica de May de ganar tiempo y abrumar a la facción eurófoba conservadora con malos augurios si el Reino Unido deja la UE dando un portazo, y la pregunta formulada por Michel Barnier sigue sin respuesta en Londres: una prórroga para qué.

            El riesgo de que el 'brexit' se convierta en un proceso sin fecha de caducidad está sobre la mesa, con un coste elevadísimo para la UE, que ha puesto a prueba su unidad con éxito, pero no puede seguir atascada mientras las extremas derechas de todas partes se frotan las manos. La sensación de que no hay nada más que negociar y ofrecer al Gobierno británico es tan cierta como la atmósfera de caos, alimentada todos los días por los adversarios de la Europa unida, con Donald Trump en primer lugar, patrocinador de un 'brexit' duro y disgustado con May por querer ablandarlo o suavizarlo.