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Al contrataque

Puigdemont, el pasado 18 de febrero, en una conferencia en Bruselas.

FRANCISCO SECO (AP)

Los otros presos

Antonio Franco

Catalunya como país no va ahora hacia ninguna parte, pero viaja cada vez más aprisa y convierte todo lo que va sucediendo en material publicitario partidista del desconcierto creciente en que nos movemos

Cada campaña electoral catalana tiene una gran promesa de Carles Puigdemont. Es un clásico. La hace, la explica, la publicita, pero cuando pasa el tiempo queda incumplida.  No son cuestiones complejas y difíciles de hacer: Puigdemont promete decisiones que únicamente dependen de él. En la convocatoria autonómica de 2017 aseguró que si el independentismo ganaba él volvería solemnemente a Catalunya. Todo el mundo entendió que anunciaba un gesto heroico porque él era el primero en saber que si regresaba ingresaría inmediatamente en prisión. Ganó, no volvió y no se tomó la molestia de dar siquiera una explicación solvente. Tampoco sorprendió demasiado: hasta sus seguidores conocían su perfil de gran improvisador y sabían que lo que decide es solo de momento y hasta que cambia de parecer, algo que suele pasar pronto.

Ahora vuelve a anunciar lo mismo, ese regreso que parece desear tanto, aunque ya deja entender que no lo podrá cumplir. Cabeza de lista para las europeas, asegura que si gana un escaño en Bruselas aprovechará la inviolabilidad parlamentaria para regresar a Catalunya, pero los expertos avisan muy mayoritariamente de que ni siquiera ganando en las urnas podrá concretar esa inviolabilidad. Para conseguirla debería antes personarse en Madrid y que no le detuviesen por sus asuntos pendientes con la Justicia.

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Se habla mucho de los presos que ahora comparecen ante el Tribunal Supremo, pero se habla poco de los otros prisioneros de la realidad catalana: los ciudadanos, soberanistas o no, atrapados por una situación en la que la mayoría independentista de hecho ni siquiera les gobierna, ni siquiera les legisla, ni siquiera logra la aprobación de los Presupuestos de la Generalitat para poner en marcha sus presuntos proyectos, y voluntariamente ha rechazado el dinero público que podría haber llegado vía presupuestos de Estado para paliar muchas deficiencias sociales.

Detrás de rejas reales pero invisibles esta ciudadanía asiste al forcejeo entre 'junqueristas' y 'puigdemontistas', que en algunos momentos parecen representar el pulso entre pragmáticos que reconocen que las desobediencias institucionales fueron un error y radicales que continúan apostando por el cuanto peor lo pasemos más gloria acumularemos de cara al futuro. Su único proyecto tangible es intentar que el colapso de las instituciones catalanas se extienda al Congreso de los Diputados, mientras continúan mintiendo sobre lo que pasó hace un año y medio y mientras arrojan basura difamatoria sobre Urkullu por el simple hecho de que oírle recuerda dolorosamente su propio caos.

Catalunya como país no va ahora hacia ninguna parte, pero viaja cada vez más aprisa y convierte todo lo que va sucediendo en material publicitario partidista del desconcierto creciente en que nos movemos.