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Dos miradas

Carles Puigdemont recibe tras su discurso el aplauso de los asistentes al congreso constituyente de la Crida.

JORDI COTRINA

Se aclara la irrupción definitiva de Puigdemont, ahora explícita y contundente, en el territorio devastado que antes se conocía como Convergència y que ahora no es sino un escenario desdibujado sin perfiles conocidos

Las cosas se aclaran. Por lo menos unas cuantas, en este universo tan pequeño donde todo está conectado y donde la mayoría de cosas se mueven en un vaivén indefinible, de una indefinición escandalosa. Se aclara la irrupción definitiva de Puigdemont, ahora explícita y contundente, en el territorio devastado que antes se conocía como Convergència y que ahora no es sino un escenario desdibujado sin perfiles conocidos. No indefinido solo por la falta de liderazgo sino por la dispersión del espacio político estricto. No es que haya perdido la centralidad sino que ya no sabe en qué alrededores está dispuesto a caminar. Se aclara la adecuación del antiguo perfil convergente a las exigencias políticas que se definen desde Waterloo, y la reunión de este fin de semana se convierte en una especie de sublimación, en el sentido químico del término: pasar del estado sólido al gaseoso sin pasar por el líquido.

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La condición líquida de la antigua Convergència se había expresado hasta ahora con una dependencia implícita hacia Puigdemont, a raíz, sobre todo, de los sorprendentes resultados del 21-D. Con la capitulación, con lo que muchos leen como depuración de las listas de las generales en perjuicio de la moderación y en beneficio de la radicalización, se plantea una ecuación que tanto servirá para calibrar la fuerza (y la traza) del que urde los hilos desde el exilio como para confirmar si hemos de guardar definitivamente el evanescente y volátil PDECat en la caja de los trastos.