Una decisión con dos caras

A vueltas con el salario mínimo

Los economistas discrepan sobre si un incremento de los sueldos más bajos hace aumentar el paro

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A vueltas con el salario mínimo

ALEX R. FISCHER

La economía no es una ciencia exacta; por ello, los economistas estamos bastante de acuerdo en unas pocas cosas, pero discrepamos en otras muchas. Un tema en que las diferencias de opinión son grandes es el efecto de un aumento del salario mínimo. Lo que podríamos llamar la sabiduría convencional afirma que esa medida es una manera bastante segura de aumentar el paro.

En efecto, si, como dice la teoría, a los trabajadores se les paga de acuerdo con el valor de su aportación (marginal) a la producción, un aumento del salario mínimo excluirá del mercado de trabajo a aquellos cuyas aportaciones sean menos valiosas: probablemente los no cualificados; también los más jóvenes, que todavía no han desarrollado sus habilidades profesionales, o los que han pasado una larga temporada en el desempleo, porque es probable que hayan perdido algunas de esas habilidades. En todo caso, un salario mínimo más alto perjudicará sobre todo a aquellos cuyos ingresos ya son reducidos, pero también puede afectar a otros, si el aumento salarial se extiende en los convenios colectivos a otras categorías, para que no resulten desfavorecidas respecto de los peor pagados.

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Otros economistas discrepan de esto, principalmente por tres razones. Una es que los mayores ingresos de los trabajadores se traducirán en más demanda y, por tanto, en más empleo -aunque parece que este efecto no será importante. Otra razón es que la aportación de un trabajador a la producción no es un dato, sino que depende de la productividad, es decir, del volumen de producción por persona ocupada. En España, la productividad es relativamente baja respecto de nuestros vecinos europeos, quizás porque la tecnología utilizada no siempre es la mejor, o porque la organización no es la adecuada, o porque la formación y experiencia del trabajador son deficientes. De modo que estos economistas opinan que el aumento del salario mínimo puede tener un efecto negativo muy reducido, si anima a las empresas a mejorar su tecnología, su organización o la formación de sus empleados, es decir, su productividad, porque el resultado será un aumento del PIB y del nivel de vida de todos.

El tercer argumento es que el mercado de trabajo no siempre es un mercado competitivo; si la competencia entre empresas no es suficiente, como puede ocurrir en algunas localizaciones o sectores, los salarios pueden ser inferiores al valor de la aportación del trabajador, de modo que un aumento del salario mínimo no tendría por qué elevar la tasa de paro.

Las dos visiones

La versión pesimista afirma, pues, que el aumento del salario mínimo provocará desempleo de los más desfavorecidos: es verdad que los que mantengan su empleo verán aumentada su remuneración, pero será a costa de otros, que irán a la calle. La versión optimista dice que esto no tiene por qué ser así, al menos en muchos casos: quizás el primer impacto sobre el empleo sea negativo, pero luego puede corregirse, y el efecto final puede ser bastante bueno.

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'La prueba del pudín está en comérselo': habrá que esperar un tiempo, para ver quién tiene razón. De todos modos, me parece que el momento elegido, marcado por la política, no es el mejor desde el punto de vista de la economía: la demanda agregada está perdiendo fuerza; el consumo se está moderando; los impuestos han subido hace poco y, por tanto, las empresas verán con reticencia un aumento de otros costes; la incertidumbre política probablemente les lleve a ser más cautas en sus decisiones; los cambios en la tecnología o en la formación serán lentos, en algunos casos muy lentos, de modo que la recuperación del empleo puede demorarse mucho.

Además, la subida del salario mínimo, superior al 22%, es alta, y se aplica a muchos trabajadores con poca formación y experiencia, de modo que los efectos pueden ser muy negativos. “Los experimentos, con gaseosa”, aconsejó Eugenio D’Ors a un camarero inexperto, que derramó una botella de champán sobre su chaqueta. Quizás se hubiese podido probar con subidas limitadas a una zona o sector, o con algunos trabajadores determinados, o una cuantía menor. O acompañarla de medidas complementarias, quizá en forma de planes de formación, rebajas de cotizaciones sociales o cambio en las condiciones de transformación de contratos temporales en indefinidos, de modo que la respuesta de las empresas hubiese podido ser más ponderada, y que todos hubiésemos podido aprender mejor cómo manejar una medida como esta que, si sale mal, va a ser de difícil marcha atrás.