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Elecciones presidenciales

Manifestantes ostentan banderas nacionales argelinas durante una sentada en contra de la candidatura del presidente argelino Abdelaziz Bouteflika.

GERARD JULIEN / AFP

Algo se mueve en Argelia

Jesús A. Núñez Villaverde

La candidatura de Buteflika significa un absoluto desprecio a una ciudadanía cada vez más movilizada

Malo, muy malo tiene que ser el ambiente en el palacio presidencial de la Mouradia para que 'le pouvoir' haya optado por mantener a toda costa a Abdelaziz Buteflika como candidato a las elecciones del próximo día 18 de abril.

Porque eso significa, por encima de todo, que esa decrépita figura es lo único que logra aunar los intereses de una casta aferrada al poder en la que destacan el hermanísimo, Said Buteflika, el jefe del Estado Mayor, Ahmed Gaid Salah, y los más altos representantes de un entramado empresarial fundamentalmente público que llevan décadas beneficiándose personalmente de un sistema tan anquilosado. Parece claro que las purgas efectuadas desde el 2015 -que supusieron eliminar sucesivamente al aparentemente intocable jefe del espionaje, Mohamed Mediane 'Tawfik', al primer ministro, Abdelmalek Sellal, a varios altos mandos militares y policiales, así como al presidente del Parlamento- no han servido para eliminar las fricciones entre los que se mantienen al frente del país, incapaces de presentar un candidato menos ridículo que un presidente que no está en condiciones de ejercer el mando y que ni siquiera está actualmente en el país.

Aparato represivo

También significa, sin duda, un absoluto desprecio a una ciudadanía crecientemente movilizada para evitar la mascarada. Durante mucho tiempo, y especialmente en el contexto de lo que algunos quisieron vender como primavera árabe, esos mismos sátrapas se han acabado creyendo que la situación está totalmente bajo control, no solo por el eficaz aparato represivo del régimen sino también porque todavía está fresca la herida producida por la tragedia nacional vivida en la última década del siglo pasado. Contaban así con que, a pesar de la falta de expectativas para una parte mayoritaria de los 41 millones de argelinos, el temor a volver a provocar una sangría como la sufrida entonces (estimada en unos 200.000 muertos) les garantizaba la prolongación del disfrute de sus poltronas.

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Y ahora, incluso ante unas movilizaciones de protesta que crecen día a día -no solo derivadas de la farsa política electoral sino, tanto o más, de la negativa situación social y económica- no han tenido cintura suficiente para encontrar alguna salida menos burda que una supuesta carta de Buteflika, en la que promete reformas indefinidas en un futuro también indefinido. Visto lo visto en varios países árabes en estos pasados años, parece increíble tanto la sordera de la camarilla gobernante ante su población como su desmemoria al no recordar lo que le ocurrió a Hosni Mubarak con sus desesperados intentos de ganar tiempo con vanas promesas.

Buteflika no es, desde luego, la solución para los graves problemas de Argelia. Pero como nos enseña lo ocurrido en Libia, Egipto, Yemen o Siria, tampoco hay garantía alguna de que su deposición vaya a suponer automáticamente la salida del largo túnel en el que lleva tanto tiempo metida la segunda potencia militar africana. A la Unión Europea, si se atiende a su silencio, parece que nada de esto le preocupa.

Temas: Argelia Magreb