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Política lingüística

Teodoro García Egea y Pablo Casado, en la junta directiva nacional de esta mañana en Génova.

JOSÉ LUIS ROCA

Pablo Casado, los bárbaros y el consenso

Jordi Mercader

Para ganar votos a Cs, el líder del PP combate el pacto social sobre el catalán, pero pasa por alto que Rivera no creció por eso, sino por explotar la alarma independentista

Pablo Casado podría ser víctima de un error de percepción al confundir el consenso social sobre el uso del catalán con una simple astucia del separatismo de una parte de la sociedad catalana. El catalanismo fraguó los amplios consensos sobre la lengua, educación y cultura con acuerdos parlamentarios casi unánimes, ignorarlo le retrata como un político airado de pies de barro. Las dos leyes de política lingüística exigieron renuncias a todos por eso constituyen el fundamento más sólido de la cohesión del país.

El propósito del PP de relegar el catalán a un uso opcional en la esfera pública en beneficio del castellano va a chocar con el ordenamiento jurídico vigente y habrá que ver de dónde saca los votos para modificarlo en el Parlament y en el Congreso. Al margen de su recorrido legal, la propuesta  de Casado puede propiciar el feliz reencuentro del catalanismo y el soberanismo, al ver peligrar un consenso indispensable en la salvaguarda de la nación, vaya a tener un Estado propio o a compartir el Estado con el resto de pueblos de España.

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Todas las sociedades tienen en sus fronteras una amenaza para sus creencias y si no la tienen se la inventan. Esperar a los bárbaros es una manera de vivir en guardia para defender los valores dominantes, cuya desaparición sería un contratiempo. Kavafis y Coetzee nos alertan del desconcierto social cuando el acecho de los tártaros se difumina: ¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?

Nuestros bárbaros vuelven a la carga, irresponsablemente, felizmente para permitir el  reagrupamiento en torno a los auténticos consensos de país deteriorados o devaluados por la unilateralidad interior. Pero unos somos bárbaros de los otros; así también somos útiles para asentar sus miedos y proveerles de argumentos para su cohesión al entorno del uniformismo. Habrá que aprender a vivir con ello. Sin embargo, Casado apela a esta dialéctica para ganarle unos votos a Ciudadanos, pasando por alto que el partido de Rivera no creció cuando combatía el consenso de la lengua sino cuando explotó la alarma independentista, que no es lo mismo.