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Análisis

Artur Mas sale del Tribunal Supremo.

DAVID CASTRO

Preparándose para ser Duran Lleida

Jordi Mercader

De materializarse, el retorno de Mas a la política será para hacer justicia involuntaria al exlíder de Unió

Artur Mas es el malabarista que llevó el Estatut del 2005 a chocar contra las rocas gracias al pacto con José Luis Rodríguez Zapatero, blandiendo ambos el espantajo de un PP desatado en su todo por la patria. A día de hoy, es fácil imaginárselo tachando cada mañana en el calendario un día de los que le restan para regresar, como quien marcaba las guardias pendientes para acabar la mili, aunque él no hizo, sino las milicias, privilegio para universitarios con ganas de ejercer de alférez. Su conversión al independentismo sorprendió al sector empresarial que le apoyó y ahora tal vez no lo haría, pero Mas se ha puesto en marcha, mandando mensajes a Ferraz y Moncloa para sondear su predisposición al retorno de un negociador nato, laureado por una inhabilitación.

Las revelaciones de Duran Lleida, su antiguo socio y rival en CiU, pueden ensombrecer las perspectivas para su vuelta a la primera fila de la política, de la que fue expulsado por la CUP a primeros del 2016. Mas fracasó en el 2012 en su pretensión de convertirse en el nuevo Macià, viéndose obligado a gobernar con el apoyo de ERC, sus adversarios de siempre que le sometieron a la tortura de doble juego protagonizado por Oriol Junqueras, como socio de gobierno y líder de la oposición. En aquella etapa, el declive de Mas resultó imparable como gobernante, al igual que el entierro de la vieja CDC pujolista dado el goteo de nuevas sospechas de corrupción  de un cierto 3%. El entonces presidente de la Generalitat lo apostó todo al 9-N y perdió, porque solo fue una fiesta de la democracia, a pesar de haber sido presentado el decreto de convocatoria con la pompa de un referéndum de independencia del que al poco reculó por la presión del Estado.

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En aquel contexto, no es de extrañar que Mas no pudiera garantizar el apoyo de los independentistas, sus nuevos compañeros de viaje, a ninguna propuesta pactada con Mariano Rajoy a través de Duran Lleida, su amigo adversario. De hecho, ni siquiera obtendría el aplauso de ERC para su movilización soberanista del 9-N. La debilidad del presidente de la Generalitat era tan manifiesta como evidente era su apuesta por el independentismo después de abandonar precipitadamente la zona de confort del pactismo tradicional de los convergentes, en plena ofensiva de recortes sociales para frenar la crisis y tras el portazo a la improvisación del pacto fiscal.

Identificar una propuesta constitucional de profundización del autogobierno con el mínimo de ambición nacional para poder ser votada por los catalanes es el santo grial del reformismo catalán y español; lo era cuando Duran Lleida se paseaba por los palacios y los hoteles del poder de Madrid y lo sigue siendo en este periodo de incertidumbre electoral y judicial. Mas no pudo asumirlo entonces por los efectos recientes de su conversión al soberanismo; pero es muy probable que, de materializarse, su retorno a la política sea para hacer justicia involuntaria a Duran Lleida y a todos los que vaticinaron el fracaso del ‘procés’.