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GEOMETRÍA VARIABLE

Iñigo Urkullu, tras declarar en el Tribunal Supremo.

DAVID CASTRO

Desde Urkullu a Zoido

Joan Tapia

La rebelión no se acredita, pero sí la dogmática rigidez del independentismo

Esta semana ha sido relevante no solo para el juicio del 'procés' en el Tribunal Supremo, sino para acercarnos a lo que sucedió en Catalunya los días anteriores a la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Ahí van tres apuntes rápidos y parciales.

Primero. De las declaraciones de Mariano Rajoy hablando de "acoso" y de Soraya Sáenz de Santamaria de "acoso violento" no se deduce forzosamente el "alzamiento violento" que caracteriza el delito de rebelión. Tampoco de lo dicho por el exministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, sobre grupos organizados que se resistían, hasta "sentándose en el suelo", a que las fuerzas policiales entraran en los colegios electorales. Pudo haber delitos, pero parece exagerado relacionarlos con un alzamiento violento.

Segundo. La comparecencia del exministro Zoido fue interesante. Se defendió -bien o mal, es otra cosa- de los abogados defensores, convertidos en fiscales de la polémica actuación de las fuerzas policiales el 1 de octubre. Pero la posible rebelión, o intento de rebelión -en especial del 'conseller' Joaquim Forn, cuyo defensor, Javier Melero, fue quien pidió la comparecencia de Zoido- no podría haber existido sin alguna participación -activa o pasiva- de los Mossos. No se entiende, pues, por qué el juicio contra la cúpula de los Mossos -también por rebelión- no se está viendo ahora en el Supremo, sino que es un caso futuro en la Audiencia Nacional. Es una extraña anomalía de la instrucción. ¿Puede el Supremo condenar por rebelión a unos y otro tribunal -la Audiencia Nacional- no hacerlo a otros? Parece un absurdo, pero el Supremo lo ha permitido.

Por último -políticamente muy relevante- está el testimonio de Iñigo Urkullu. Lo más interesante es que Carles Puigdemont aceptaba la noche anterior al 27-O, e incluso a primera hora de la mañana, convocar elecciones y que no hubiera ni DUI ni 155, la idea del lendakari para evitar el choque de trenes. Pero luego confesó a Urkullu que no podía convocar elecciones por una especie de rebelión interna. Las incoherencias del independentismo llevaron a la DUI, quizá no solo simbólica porque seguía a las leyes del 6 y 7 de septiembre, pero desde luego de una ineficacia total (excepto para forzar el 155).

Es Puigdemont el que le pide la mediación el 19 de junio. Rajoy escucha al lendakari en julio y luego hay muchas gestiones para evitar el choque de trenes. No se entiende, pues, por qué Rajoy no miente, pero sí ningunea estos tratos para evitar el 155 (del que Urkullu levanta acta de que Rajoy no era muy partidario).

Una razón es que Rajoy es Rajoy. Otra es no desautorizar a Pablo Casado en su cruzada contra el "relator". Y hay una tercera. Urkullu era un mediador de Puigdemont, de los que querían -como mínimo- abrir el melón de la autodeterminación. Para Rajoy no era un mediador, sino un camino a explorar porque nunca aceptó negociar el referéndum.

Curioso. Lo mismo le acaba de pasar a Pedro Sánchez. No ha querido hablar de la autodeterminación para salvar sus Presupuestos. Con idéntica respuesta de Puigdemont: romper la baraja. Esperemos que el 28-A no tenga las mismas consecuencias que el 27-O del 2017.