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Análisis

El expresidente del Gobierno Mariano Rajoy ha defendido que las autoridades de la Generalitat eran plenamente conscientes de que no iba a autorizar un referéndum para liquidar la soberanía nacional ni la unidad de España.

EFE VÍDEO

El presidente hizo su trabajo

Antón Losada

Las dos horas de testimonio de Rajoy pueden resumirse en tres ideas: les avisé que esto iba a acabar mal, les di todas las oportunidades que pude para evitarlo y no estaríamos aquí si los demás se hubieran comportado con su misma prudencia

El testigo Mariano Rajoy compareció con un objetivo claro y del que, fiel a su leyenda, nada ni nadie consiguió apartarle: dejar claro que él hizo su trabajo. Sus dos horas de testimonio pueden resumirse en tres ideas: les avisé que esto iba a acabar mal, les di todas las oportunidades que pude para evitarlo y no estaríamos aquí si los demás se hubieran comportado con su misma prudencia. A modo de nota, no perdió oportunidad de recordarle a la sala uno de sus tópicos favoritos: gobernar es muy complicado y parece mentira que tenga que explicárselo a gente tan seria como ustedes y aquí, en el Tribunal Supremo.

Para el 'código mariano' quedan el retruque sobre esa oferta que nadie podría rechazar de dejar de incumplir la ley, o la ajustada ironía con que desmontó las múltiples y volátiles teorías que unos y otros lanzaban y lanzan alegremente sobre cuándo, dónde y cómo debería aplicarse el 155. Para su perfil de gobernante, queda el sentido de Estado acreditado al responder a las frívolas especulaciones sobre por qué no había declarado el estado de sitio o de emergencia: porque se restringen derechos y libertades individuales de todos los ciudadanos y no habría sido ni justo, ni sensato, ni prudente. Se trataba de impedir un daño mayor, no de causarlo.

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Igual que había hecho Soraya Sáenz de Santamaría en el turno de mañana, redujo al supuestamente feroz Ortega Smith de Vox a un inofensivo gatito a quien hubiera de explicársele qué es el Estado, qué el Gobierno y qué hace un presidente. A diferencia de su vicepresidenta no cometió el error de respaldar expresamente la tesis de la concurrencia de violencia de la fiscalía, sin ser capaz de aportar un solo dato oficial ante las preguntas de la defensa; solo lo que había visto u oído en los medios. Rajoy, más listo, esquivó la violencia y recurrió al contraste entre lo normal y anormal para mantener el tipo y la convicción ante las defensas. Él ya ha cumplido como presidente, ahora le toca la fiscalía hacer su trabajo. Incluso supo lamentar unas imágenes de violencia ante las que su vicepresidenta no acertó a mostrar una mínima empatía.

Ambos defendieron con convicción su gestión política de una crisis donde se le pedían cosas que, ni podía hacer como líder de la derecha, ni quería hacer como presidente del Gobierno. Sus testimonios han servido de poco para cimentar el caso de la fiscalía. De hecho, uno se queda con la deprimente impresión de que Rajoy y su Ejecutivo no manejaban más información que esa que usted y yo podíamos tener siguiendo los medios. Ni el CNI, ni la Policía, ni la Guardia Civil les contaron nunca nada que el presidente no supiera que iba a pasar o que no hubiéramos visto todos en las noticias. Si realmente había una rebelión en marcha, o no se enteraron o no informaron al gobierno. No le fue mejor al caso de malversación con Cristóbal Montoro: si la hubo, ni la poderosa Intervención del Estado ni Hacienda se percataron. Estaban todos viendo el telediario.