02 jun 2020

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Análisis

La ética sazona el MWC

ELISENDA PONS

La ética sazona el MWC

Liliana Arroyo

La clave no está en lograr que las mentes ingenieras sean también filósofas, sino que entiendan que las ciencias sociales deben entrar en el laboratorio

Millones de miradas están puestas sobre Barcelona estos días por el MWC. La previa ha estado repleta de 5G y pantallas plegables, y los dos elementos son buenos ejemplos para darnos cuenta de cómo nos relacionamos con 'la tecnología'. La conectividad 5G ya fue la conversación durante la edición del 2018, pero -sorpresa- la implementación de estas redes es más lenta de lo que parecía. Que la tecnología exista no la hace directamente aplicable. Las pantallas articuladas son sorprendentes y virtuosas. Nos genera muchas preguntas sobre cómo lo habrán hecho para plegarla y que a la vez compita con las altísimas resoluciones de las pantallas de los competidores. Suscita preguntas sobre materiales, características y especificidades técnicas que no nos dejan ver más allá de la herramienta en sí.

Tecnología y neutralidad 

No invita en cambio a preguntar cómo esto mejora la calidad de vida de personas vulnerables, cómo contribuye a los retos ecológicos o si nos acerca a sociedades más justas. Seguro que alguien dirá que no deja de ser un congreso anual de ingenieros y que por lo tanto es normal que el enfoque esté en los artilugios más que en el impacto social. Falso. La tecnología no es nunca neutral, pero déjenme decir que este argumento caduca en el momento que unas líneas de código pueden tener mayor alcance que las políticas públicas.

Los algoritmos son un conjunto de instrucciones diseñadas para personas determinadas (generalmente hombres, blancos y acomodados) para ejecutar decisiones de manera sistemática a una escala impensable. Son arbitrarios, subjetivos e ideológicos, como lo podemos ser tú y yo. Se programan pensando en resolver una función específica, sin tener en cuenta contextos o realidades diferentes, aunque después se puedan utilizar en cualquier rincón del mundo. Y a menudo, el fin último tiene que ver con engordar los resultados para tener los inversos satisfechos, de manera que sigan invirtiendo para hacer algoritmos más potentes y más rentables.

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Y la clave no está en conseguir que las mentes ingenieras sean también filósofas, sino que entiendan que las ciencias sociales también deben entrar en el laboratorio. Un aperitivo de esto tuvo cita en los talleres y charlas de la Mobile Week y en el encuentro dominical de la Digital Future Society -un 'think tank' creado por la Mobile World Capital, donde justamente reúnen mundo corporativo y academia para reflexionar sobre las fronteras éticas y legales de la innovación.

Digamos que el congreso está sazonado de reflexión: en cuatro días de congreso se cuentan con una mano las sesiones sobre ética, relegándolo a una conversación opcional. Para las empresas que están en rondas de grandes inversiones y tienen capital riesgo detrás puede ser difícil de visualizar, pero como dice el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, lo que mueve el mundo, más que el dinero, es la confianza. Y esta se construye a partir del propósito, más que con luces y colores de alta resolución. Y si a partir de innovación abierta, transparente y participativa, mejor que mejor.