25 oct 2020

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ANÁLISIS

Bandera del Estado Islámico.

El naufragio del califato yihadista

Ignacio Álvarez-Ossorio

El abandono de las zonas sunís y las posibles represalias contra sus habitantes no harán sino agudizar las tensiones sectarias y allanar el camino para nuevas formaciones yihadistas

El califato yihadista se ha desmoronado como un castillo de naipes. En su momento de mayor esplendor, el autodenominado Estado Islámico llegó a gobernar sobre seis millones de personas y ocho provincias en Siria e Irak. Tras proclamar el califato en verano de 2014, incluso se permitió anunciar a bombo y platillo la supresión de las fronteras trazadas por el Acuerdo de Sykes-Picot de 1916. Poco o nada queda de aquella época dorada en la que llegó a controlar Mosul y Raqqa, que se convirtieron en sus dos principales bastiones donde instauró la sharía e intentó establecer un gobierno islámico. Hoy, sus escasos efectivos se encuentran atrincherados en la ciudad fronteriza de Baghuz, parapetados entre cientos de civiles que son empleados como escudos humanos, intentando evitar lo inevitable.

En la zozobra que precede al naufragio una de las principales incógnitas por despejar es si Abu Bakr al-Bagdadi, su máximo dirigente, se encuentra entre los escasos efectivos que aún resisten a la ofensiva de las Fuerzas Democráticas Sirias, aliadas de Estados Unidos y controladas por los kurdos. Al-Bagdadi, que en los momentos de mayor euforia llegó a proclamarse califa, ya ha sido dado por muerto en innumerables ocasiones, pero ha demostrado una enorme capacidad para salir airoso de los atentados y los complots contra su persona. No obstante, sus fuerzas están prácticamente diezmadas y parece altamente improbable que sean capaces de sobreponerse a un golpe de esta envergadura.

Terreno abonado

En todo caso no deberíamos dar por derrotado de manera definitiva al Estado Islámico. La experiencia nos ha demostrado que la guerra, la destrucción y la pobreza crean un terreno abonado para la aparición de grupos radicales que instrumentalizan la religión en su propio beneficio. La intensificación del sectarismo en Siria e Iraq y el aumento del peso específico de Irán han colocado en una situación de extrema debilidad a la población suní. El abandono de las zonas sunís y las posibles represalias contra sus habitantes no harán sino agudizar las tensiones sectarias y allanar el camino para nuevas formaciones yihadistas.

Cada vez que en el pasado se ha cortado uno de los tentáculos del terrorismo yihadista ha surgido en su lugar una nueva fuerza todavía más violenta y destructiva. Es lo que ocurrió cuando Al Qaeda en Mesopotamia dejó pasó al Estado Islámico. Evitarlo dependerá, ante todo, de no volver a cometer los mismos errores que en los últimos años. Por eso es indispensable reconstruir las zonas más golpeadas por la violencia y ofrecer un futuro esperanzador para sus habitantes.

La reconciliación entre los diferentes elementos de la sociedad también debería situarse como una de las prioridades, lo que requeriría el fin de las políticas sectarias y de las injerencias de las potencias regionales. Y, probablemente, lo más importante, la rendición de cuentas para evitar que los crímenes de guerra y de lesa humanidad perpetrados en los últimos años por unos y otros queden, una vez más, impunes.