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ANÁLISIS

El capitán del Barça, Tomic levanta el trofeo de Copa junto al presidente de la ACB, Antonio Martín

MARISCAL (EFE)

De la pataleta del Madrid al campo atrás

Luis Mendiola

El club blanco pierde los papeles en sus quejas por la final de Copa y su ultimatum a la Liga

 “Nos vamos. Y no es una pataleta”. Lo dicen con gesto serio y ceño fruncido. Cabreados. Más que eso: indignados. Con ese punto de niño caprichoso que se lleva la pelota del patio y deja a los demás sin jugar.

El problema del órdago que ha lanzado el Madrid a la ACB (al baloncesto, en general), después de su derrota frente al Barça en la final de Copa, es que juega con las cartas marcadas. Por mucho que airee, a través de sus medios afines,  que ha encargado un estudio jurídico para evaluar la viabilidad de abandonar la Liga, suena más un berrinche que otra cosa.

Dejar la Liga, para ir ¿adónde? ¿A la NBA? Alguien puede creerse que la liga estadounidense, que no se plantea ni siquiera a medio plazo una división europea, le abrirá sus puertas.

¿Para jugar solo la Euroliga? Primero chocaría con una norma que existe en los estatutos de la competición (el artículo 5.3)  que indica que todos los participantes deben competir en Ligas nacionales con una excepción: que el Consejo de Accionistas lo apruebe si al club se le impide participar en el torneo nacional. Tampoco sería el caso.  Y, después, mantener una plantilla de lujo para 37 partidos. Las cuentas no cuadran.

El grado de perjuicio

Entremos en la final. Puede entenderse el cabreo del Madrid pero ¿y las formas? Ellos que celebraron el título de Copa de Vitoria de hace dos años, con el grito de ‘era campo atrás’, por el error arbitral que condenó al Andorra en cuartos, deciden que el grado de perjuicio que sufrieron es superior al del Barcelona por la acción de Randolph sobre Tomic, revisada en el Instant Replay, como si la falta de Randolph Singleton, que los árbitros tampoco vieron, no importara. Las dos fueron mal arbitradas y hubieran inclinado el desenlace.  

Puede entenderse que con el pulso disparado a Reyes y Rudy se les calentara la boca. Por cierto, que Rudy rectificó en las redes, lo que le honra, igual que a Llull su autocrítica. “Es día de reflexionar sobre los fallos que cometimos y mejorar. Nos toca trabajar y levantarnos. Felicidades al Barça”, dijo Rudy. Pero ¿y los directivos? Se encendieron tras la final pidiendo sanciones y castigos para los árbitros, apoyándose en que hace un año, en Las Palmas, ya les perjudicaron. Y 24 horas después, aún hicieron una nota más agresiva contra la ACB, calificando de lamentables las explicaciones emitidas.

El esfuerzo conciliador realizado por el presidente de la ACB, Antonio Martín (menos mal que es exmadridista) al admitir que hubo graves errores arbitrales, es un ejercicio que no se había vivido hasta ahora en la Liga. Tampoco el de los árbitros, entonando el ‘mea culpa’. Ese es el espíritu crítico que debería imperar: miremos cómo mejorar.

El Madrid, en cambio, está muy en la línea de Florentino de “Os vais a enterar. Me necesitáis más a mí que yo a vosotros”. Una pena. El nivel del espectáculo de la final, que es lo que debería pervivir en la memoria, ha dado paso a una guerra sucia, a un sainete del que será difícil que los madridistas salgan con la cara alta.