26 feb 2020

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Relaciones sexuales

Las dificultades para probar los hechos impiden que haya más denuncias por acoso. 

ALBERT BERTRAN

Desear y no consentir

Sílvia Cóppulo

Se educa a las adolescentes para que sean sexis y luego se les exige que luchen cuando las fuerzan, o las considerarán culpables de generar la agresión

Las relaciones sexuales, ¿consentidas o deseadas? Cuando hablamos de deseo, nuestros ojos se abren, brillantes. Nos ilusiona el encuentro, vamos hacia él, lo imaginamos, lo creamos, nos seduce y seducimos. Es una actitud vital, que nos dirige al éxtasis. En cambio, si por ahí alguien se entromete y nos "ofrece" sexo consentido, sabemos que, en el mejor de los casos, no nos va a gustar, que se espera de nosotras una actitud pasiva, un "dejar hacer" al macho hasta que él se satisfaga. Nada importa que nada sintamos. En el consentimiento no hay deseo, erotismo ni ilusión por abrazar un cuerpo y fundirse en su esencia; en el consentimiento desaparecemos como personas para pasar a ser únicamente objetos receptáculos del quehacer más primario del otro.

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Modero una mesa redonda en el reciente Congreso de Sexología celebrado en Barcelona, cuando la doctora Raquel Tulleuda, ginecóloga y licenciada en Derecho, señala la enorme diferencia. Claro que, en los tribunales, cuando se juzgan agresiones sexuales, los jueces no preguntan nunca a la víctima si en realidad deseaba tener sexo. No les debe caber en la cabeza que el deseo sea la medida. No se atreven. Quizá hasta les incomode, porque incorpora a las mujeres como sujetos libres. Los jueces solo preguntan si las relaciones fueron consentidas, visión absolutamente restrictiva de la sexualidad de las mujeres. Como no preguntan por el deseo, solo saben valorar el nivel de la batalla que la mujer libró para no ser poseída. Y la exigen. Pero es que, por otro lado, hasta el Derecho Penal describe que, para que el consentimiento se considere válido, no debe estar viciado. El miedo, las amenazas, la intimidación, la violencia, y el engaño para arrancar el  lo desnaturalizan.

Se educa a las adolescentes para que sean sexis y deseables a los ojos de los hombres, y luego se les exige que luchen cuando las fuerzan, o las considerarán culpables de generar la agresión. Es una doble trampa. No basta con consentir; lo sano, lo vital es desear.