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Desde el banquillo

Vista general de la Sala Penal del Tribunal Supremo en la que tendrá lugar el juicio del procés, que comenzará el próximo 12 de febrero. En el banquillo de los acusados se sentarán doce líderes independentistas, entre ellos, el exvicepresidente de Catalunya, Oriol Junqueras, y la expresidenta del Parlament, Carme Forcadell.

ÁNGEL DÍAZ (EFE)

Hemiciclo impropio

Jordi Sànchez

El juicio del Supremo es la herencia de la cobardía del Gobierno de Rajoy para abordar una solución desde la política, una herencia que ha resultado ser envenenada para todos

El juicio comienza bajo una ciclogénesis explosiva sobre la vida política española. No estaba anunciada, llegó repentinamente, pero el hecho de que el azar hiciera coincidir con solo 24 horas de diferencia el debate sobre el inicio de la tramitación de los Presupuestos con el inicio del juicio sobre el 1 de octubre podía hacerlo prever.

El latido político de España es acelerado, tanto o más como lo es en Catalunya. La paradoja, sin embargo, es que la dependencia de la política española al proceso independentista es absoluta. La sensación, con las elecciones de mayo a la vuelta de la esquina y las legislativas pendientes de convocarse en cualquier momento, es que esto irá a más. El trasfondo de todo el debate de la política española es en gran parte el de cómo abordar la llamada crisis catalana. De hecho, la no resolución del conflicto del llamado 'procés' ha terminado generando una telaraña de hilos resistentes con gran capacidad de bloqueo a todos los que se han acercado. Los que nos encontramos atrapados en esta situación somos mucho más de las nueve personas que estamos en la cárcel, las cinco que se encuentran en el exilio y las decenas de personas procesadas a raíz del 1 de octubre. En resumen, y para hacerlo breve, son los sistemas políticos español y catalán los que se encuentran atrapados en la telaraña del conflicto territorial con el ejercicio del derecho a la autodeterminación como elemento central.

La derecha y la extrema derecha españolas usan un argot que nos acerca más a los tiempos de la Inquisición que del pluralismo democrático

El juicio que este martes comienza es la herencia de la cobardía del Gobierno de Rajoy para abordar la solución del conflicto desde la política. Una herencia que resultado ser envenenada para todos, también para aquellos que aplaudieron la judicialización. Si lo que se trataba era disminuir la fuerza social y política del soberanismo, reforzar la imagen internacional de España y sobre todo reforzar el sistema institucional español, el resultado ha sido un fracaso absoluto.

El juicio del Tribunal Supremo tiene todos los números para seguir hilando y tejiendo, haciendo más grande y resistente si es necesario, la telaraña del proceso que tiene atrapada a buena parte de la política y los políticos españoles. Y la presión que hoy tiene el poder judicial sobre su credibilidad, neutralidad e independencia es absoluta. Basta leer algunos de los editoriales de los más influyentes medios de comunicación internacionales o ver el interés mediático que el juicio ha despertado con cientos de corresponsales acreditados en el Supremo, como si se tratara de un acontecimiento deportivo.

La derecha y la extrema derecha españolas van armadas con mangueras de gasolina para garantizar que su hoguera sea la que más queme para asegurar que así asarán antes a todo aquello que identifiquen como elemento de alta traición, un argot ofensivo al oído de cualquier demócrata y que nos acerca más a los tiempos de la Inquisición que del pluralismo democrático. Lo que vimos el domingo en la plaza de Colón de Madrid forma parte de este talante inquisitorial. El latido de la plaza Colón fue duro, premoderno. Agresivo en el tono y desnudo en las formas. Un acto de combate, nada cuidado de estética y donde el parlamento -nada cívico- parecía escrito y redactado por el alumno aventajado de Torquemada. Unas palabras que fueron muy lejanas de aquel relato de patriotismo constitucional que en algún momento algunos de los convocantes habían querido exhibir hace solo unos meses. Por eso creo que Vox fue la gran ganadora del domingo en la plaza Colón.

La valentía política para encarar el diálogo como vía de solución se ha desvanecido tras la tormenta formada con la excusa del relator 

El gran problema, sin embargo, es que la fuerza y ​​la valentía política para encarar el diálogo como vía de solución para deshacer la telaraña y abrir paso a la resolución de la crisis política que vive Catalunya y España se ha desvanecido rápidamente, o como mínimo se ha escondido ante la aparición de la ciclogénesis explosiva -la tormenta perfecta- que se formó sobre la política española el pasado miércoles con la excusa de la aparición en escena de la figura del relator.

Seguro que desde el soberanismo no lo hemos hecho del todo bien, nunca podemos decir que se ha hecho del todo bien cuando las vías del diálogo se bloquean. Pero la evidencia es que en esta ocasión el giro que lleva al bloqueo tiene su origen en el despertar de una parte de la familia socialista que actúa más condicionada por lo que fue en el pasado (González, Guerra...) y por la presión ante las próximas elecciones locales y autonómicas (García-Page, Lambán...) que asumiendo el reto de proyectarse en el futuro.

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Me tengo por un hombre realista. No soy optimista a corto plazo. La política de la responsabilidad ha cedido todo el terreno de juego. Pedro Sánchez no tiene la voluntad de asumir el camino del diálogo. Quizá lo que no tiene son las condiciones objetivas para hacerlo. No importa. Sea como sea y una vez más en estos últimos años, nos encontramos ante el gran fracaso de la política democrática.

Y con todo esto el juicio ha comenzado. Si no hay un cambio repentino algo se puede dar por seguro: el Salón de Plenos del Tribunal Supremo obtendrá más atención informativa que la sala de sesiones del Congreso de Diputados. Y Vox, en plena precampaña electoral, será el único partido que cada día saldrá a la tribuna de este hemiciclo impropio. La justicia, dicen, seguirá representada en las pinturas del techo. No se espera, por el momento, que baje al estrado.