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Dos miradas

Ada Colau, en un pleno del Ayuntamiento de Barcelona.

ALBERT BERTRAN

Colau y el juicio

Emma Riverola

El nacionalismo catalán, como todos los nacionalismos, nunca tiene bastante. Ningún gesto que haga Colau bastará. Solo su rendición

Es difícil ser Ada Colau. Hacer equilibrios en momentos convulsos con una mayoría exigua en el ayuntamiento. Es difícil, especialmente si quiere mantenerse fiel al espacio que ocupa. Representar una izquierda no nacionalista comprometida con la lucha social cuesta de casar con un independentismo que fagocita todo lo que toca, que impone el relato nacional frente al social y que solo entiende el pacto como asimilación. Después de que Joan Coscubiela y Lluís Rabell se desgañitaran en el Parlament advirtiendo de la trampa de un 1-O puesto al servicio de la desconexión unilateral y de las graves consecuencias del quebranto democrático del 6 y el 7 de septiembre, Colau se fue a votar. Rompió con el PSC por el 155 traicionando las bases del acuerdo.

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Ahora parece preparase para futuros pactos con ERC, solo así se entienda la multiplicidad de gestos con el independentismo. Desde las cartas a dirigentes de la UE trasladándoles su inquietud por el juicio del 1-O, hasta su ofrecimiento de convertir a la ciudad en altavoz de la causa. El empeño que ahora deposita en cuestionar la justicia le faltó para apoyar a sus compañeros de Catalunya Sí que es Pot cuando trataron de evitar los desatinos y abusos democráticos del independentismo.

El nacionalismo catalán, como todos los nacionalismos, nunca tiene bastante. Ningún gesto que haga Colau bastará. Solo su rendición. Y, con ella, cercenará las posibilidades de la izquierda.