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Editorial

Los pisos colmena como síntoma

La política de prohibición servirá de poco, a menos que se acompañe de ayudas efectivas de acceso a la vivienda

Camas de uno de los pisos colmena abiertos este año en Barcelona.

Camas de uno de los pisos colmena abiertos este año en Barcelona. / ALVARO MONGE

Los pisos colmena se han sumado a la oferta inmobiliaria de Barcelona. De forma clandestina, ya que el ayuntamiento no considera aptos para vivir estos habitáculos mínimos en los que cabe poco más que una cama, por más que sus promotores destaquen que los inquilinos disponen de amplios espacios comunes. La llegada de estos negocios ha levantado las críticas de quienes lo consideran una forma más de especulación en un mercado encarecido que expulsa a muchos vecinos.

Pero basta visitar y preguntar a los moradores de estas cápsulas, como ha hecho EL PERIÓDICO, para entender por qué los inversores de los pisos colmena han puesto su ojo en Barcelona. La respuesta es fácil: porque hay demanda. Una demanda que surge de la falta de alternativas de vivienda mejor para muchos ciudadanos. Si no estuvieran ahí, afirman los entrevistados, volverían a vivir en pisos patera, furgonetas o en la calle. Los alquileres en Barcelona se están alejando de los sueldos medios, lo que acentúa la gentrificación y las infraviviendas.

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Mientras los políticos son incapaces de resolver este asunto -el fallido decreto del alquiler es buena muestra de ello-, el sector privado sigue haciendo negocio a costa de personas en situación desesperada. Los pisos colmena son, más que un problema en sí mismo, el síntoma de un problema más amplio. El Ayuntamiento de Barcelona debería comprender que la política de prohibición servirá de poco, a menos que se acompañe de ayudas efectivas de acceso a una vivienda digna.