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La polémica del relator

Pedro Sánchez y Quim Torra, durante la reunión en el Palau de Pedralbes el 20 de diciembre del 2018.

JORDI COTRINA

La victoria póstuma del 'procés'

Joaquim Coll

Lo grave es el relato que el independentismo divulgará por el mundo: la de una negociación política asistida por un observador externo

La secesión fracasó en el 2017 no sin antes provocar una fractura interna en Catalunya, una división que por vías distintas se ha trasladado ahora al conjunto de la sociedad española. Las consecuencias de la gripe secesionista están empujando a España a una especie de 'venezuelización' tras el triunfo de la moción de censura de Pedro Sánchez. La protesta que PP, Cs y Vox han convocado este domingo es el mejor exponente. Acusar de “alta traición” al presidente del Gobierno es un disparate y olvidarse de que el único que se ha dejado hacer dos consultas secesionistas es Mariano Rajoy. Nadie en la oposición le llamó “felón” ni otras lindezas como sí ha hecho Pablo Casado refiriéndose a Sánchez. Ahora bien, la sobreactuación de la derecha no exculpa al líder socialista de su irresponsabilidad en intentar aprobar unos Presupuestos a cualquier precio ni rebaja la torpeza de la vicepresidenta Carmen Calvo en la crisis del relator.

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Una cosa es el diálogo institucional con el Govern y otra prestarse a crear nuevos espacios políticos que los independentistas solo desean para negociar la autodeterminación. Es cierto que una mesa de partidos no es gran cosa, pero alimenta la fantasía que verbalizaba el vicepresidente del Govern Pere Aragonès (ERC) en declaraciones a Onda Cero: “Si los partidos representados en la mesa tienen mayoría suficiente, las instituciones deben aceptarlo”. Y si ahí  se añade la figura de un “relator” preferiblemente extranjero, como desean los separatistas, ese nuevo organismo se convierte en un artefacto para desestabilizar la democracia constitucional. Lo grave no es el papel de ese relator, sino el relato que el independentismo divulgaría por el mundo: la de una negociación política asistida por un observador externo ante la incapacidad del sistema institucional español para resolver la crisis en Catalunya. El error de Sánchez es prestarse a avalar esa fantasía con la que el finiquitado procés obtendría una victoria simbólica. Todo por salvar unas cuentas que solo le servirán para estar un poco más en la Moncloa, a riesgo de llevar al PSOE a la ruina electoral.