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Tribuna

Campaña para informar de la manifestación convocada este domingo contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El 'contraprocés'

Carles Francino

El nacionalismo español, que existe y es transversal, y que es un sentimiento tan legítimo como otro, está copiando paso por paso la estrategia del 'procés'

Por mucho que lo intentemos y conste que yo procuro hacerlo a diario, resulta imposible sustraerse a la ciclogénesis explosiva en que se ha convertido la política española. El estrepitoso descarrilamiento de la propuesta de colocar un relator en las negociaciones sobre Catalunya es de momento el último capítulo. Pero yo, al hilo de esto de la ciclogénesis explosiva, quería referirme a la manifestación del domingo en Madrid contra Pedro Sánchez como una gran tormenta, porque habrá rayos y truenos por doquier, y al igual que ahora se le pone nombre a las borrascas, creo que podríamos bautizar esa convocatoria con un nombre muy significativo: 'contraprocés'. El 'contraprocés', por si había alguna duda, ya es una realidad en España. ¿Quieren un detalle muy curioso? Desde el 2014, en todas las manifestaciones independentistas en Catalunya, el lema ha sido: 'Omplir els carrers per omplir les urnes', 'Llenemos las calles para llenar las urnas'.

El artículo que este viernes escribe Pablo Casado en el diario 'El Mundo' se titula: “A llenar las plazas para llenar las urnas”. Alguien dirá: ¿casualidad? No. El nacionalismo español, que existe y es transversal, y que es un sentimiento tan legítimo como otro, está copiando paso por paso la estrategia del 'procés'. Banderas en los balcones, llamamientos emocionales, apelaciones a la patria común, manifestaciones en la calle, movilizaciones generales y al que no comulgue con esto: “traidor, antipatriota, felón…”. Exactamente lo mismo que ha hecho estos años el independentismo en Catalunya; solo con algún matiz lingüístico: en Catalunya al traidor, al antipatriota se le llama también 'botifler'.

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Pero, ¡ojo, muy importante!, este 'contraprocés' abarca un espacio enorme. Toni Martínez lo describe a la maravilla en el 'Huffington Post': "Este relato -dice- no es de Vox, ni del PP, ni de Rivera, ni de la vieja guardia del PSOE, ni de los españolistas de Podemos, ni de los barones socialistas, ni del Rey, ni de los poderes del Estado, ni de los medios de comunicación, ni de los taxistas o ni de las conversaciones de bar. No es de nadie y es de todos”. Porque ese relato parte de que la Constitución del 78 se redactó en un momento en el que gritar "España" daba vergüenza porque se asociaba con el franquismo. Quedó por tanto una España acomplejada. Y era, por el contrario, un momento de simpatía hacia los nacionalismos periféricos y progresistas.

Pero algunos de estos nacionalismos se han pasado siete pueblos, hay que escarmentar a los responsables de esa deslealtad y volver a repartir las cartas del 78. Ese sería un poco el resumen y estoy convencido de que ese discurso, esa idea –con todos los matices que se quiera- la suscriben a derecha, izquierda, por el centro, de norte a sur y de este a oeste de España. Pero hay algo más, y yo quiero decirlo: al igual que en la deriva soberanista catalana hubo demasiada gente, demasiado tiempo, que calló por miedo al discurso hegemónico de la independencia, ahora me parece clamorosa también la falta de réplica, o de alternativa a este tsunami, que puede terminar no con la independencia sino con menos autogobierno. Resumiendo: 'procés' y 'contraprocés'. A los que nos pille en medio –que somos unos cuantos- que Dios nos coja confesados.