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Los protagonistas de ’Strike a pose’.

Cuando no nos aburríamos

Lucía Lijtmaer

"We were never being boring / we were never being bored". Pet Shop Boys

Lo que más sorprende del paso del tiempo es el cuerpo. Sus cambios, quiero decir. En 'Strike a pose', el documental sobre qué fue de los bailarines de 'En la cama con Madonna', siete cuerpos apolíneos, de apenas veinte años, adoptan posturas imposibles, se retuercen, se mecen al compás de la música, se sonríen, se abrazan, se besan, trenzan brazos y piernas, pura belleza congelada en el tiempo.

Después, precisamente, sucede el tiempo. O más bien suceden sus efectos. Los estragos de la vida, las decisiones, adecuadas o no, el factor de la suerte, buena o no, ese azar, y veinticinco años más a las espaldas. Los cuerpos, antes cubiertos de purpurina, ahora soportan el peso de la culpa, el remordimiento y la adultez. Kevin fue exitoso, Oliver se alcoholizó, Luis superó una adicción a la heroína, Salim Carlton callaron ser portadores del VIH, José perdió el tiempo. Gabriel murió.

Los personajes del documental 'Strike a pose' son obligados a tener el pasado siempre presente

A veces nos cuesta entender que uno de los mandatos más agridulces de la tecnología es su capacidad de grabarlo todo. En el documental, no solo sucede eso, sino su peor vertiente: los personajes no solamente no son capaces de olvidar, sino que son obligados a tener el pasado siempre presente. No tienen vía de escape.

Ante la visión de seis hombres perpetuamente encadenados a una versión que el mundo tuvo de su juventud, quizás lo más valiente es su reconciliación con esta.

Por eso, de entre todas las historias, lo más emocionante es el reencuentro: seis hombres adultos a los que la vida se les vino encima, como a todos, que se abrazan, buscando el reconocimiento de la inocencia, ese calor que demuestra que en algunos casos la familia se elige, en ocasiones se pierde, y finalmente en otras, cuando se puede, se acaba recuperando. Seis cuerpos lloran, se abrazan, y bailan juntos. Y recuerdan, permitiéndose la valentía de sentir nostalgia, un momento en el que no éramos aburridos, un momento en el que no nos aburríamos.