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La política de los extremos

Demasiado fuego (y hielo)

Alex R. Fischer

Demasiado fuego (y hielo)

Toni Aira

En su libro 'Massa foc', cuya acción se centra a finales del siglo XV, Vicenç Villatoro construye diálogos que se identifican claramente como de rabiosa contemporaneidad

Ahora que ya sabemos que la fecha elegida por HBO para estrenar la última temporada de la serie 'Juego de Tronos' será el 14 de abril, me vienen a la cabeza los componentes principales del título de la serie de novelas que dio lugar a este fenómeno audiovisual: 'Canción de hielo y fuego'. El hielo y el fuego, que sin duda protagonizan el relato político de estos tiempos de extremos que nos invaden la política a nivel 'glocal', como diría el profesor Manuel Castells. A nivel global y local. Del fenómeno Donald Trump al 'procés', pasando por Vox y el 'brexit'. De la decepción por Emmanuel Macron a la amenaza de Jair Bolsonaro. Del frío polar de la política cansada que tanta desconfianza y desafección ha generado, al fuego abrasador del populismo agresivo y charlatán que más viraliza y que da sorpresas en las urnas. Pero la sorpresa sería relativa si atendiéramos a antecedentes que ya antes nos incendiaron la política vía integrismo. Algunos hace mucho, otros no tanto.

Claves que nos explican la convulsa actualidad

El escritor y periodista Vicenç Villatoro nos ha regalado, para los que tienen ganas de cuestionarse actitudes (de propios y extraños) a la búsqueda de claves que nos expliquen la convulsa actualidad, un libro que paradójicamente (o no) centra su acción a finales del siglo XV: 'Massa foc. Diàlegs extremadament apòcrifs entre Savonarola i Maquiavel' (Pòrtic). Y ahí, en la Florencia de los Medici, en un contexto rico y culto, pero a la vez corrupto, violento y que entra en crisis (¿les suena?), nos novela un intercambio entre dos personalidades de calado, que contrastan dos visiones del mundo que también colapsan en el epicentro de la batalla por el poder en la actualidad. Hay diálogos que Villatoro sabe construir hábilmente como si se dieran en un contexto de hace 500 años, pero que valen (y se identifican claramente) como de rabiosa (nunca mejor dicho) contemporaneidad.

Allí donde el importante dominico Savonarola dice “Dios”, pónganle “Constitución”, “Pueblo”, “Unidad” o equis (elijan, desafíense), y verán como sirve para diferentes orillas políticas, separadas hoy por océanos de demagogia e incomprensión. Su contraopinante Maquiavelo, “padre fundador” de la Ciencia Política moderna, pretende responder con método a la llamarada.

La política de los extremos

Por ejemplo: “–¿Para hacer cumplir vuestra ley, destruiréis la paz entre los florentinos? –Hacer cumplir la ley importa más que preservar la paz. –¡Y yo que pensaba que habíamos hecho la ley precisamente para preservar la paz!– La ley es para hacer el bien. E imponerlo, si es necesario, por la fuerza. –La ley es para limitar el mal. Y debe detenerse cuando provoca más mal que bien. –La ley de Dios, quiero decir. –La ley de los hombres, quiero decir yo". Hace cosa de un año, en el Congreso de los Diputados se escuchó a un portavoz parlamentario aquello de: “Las leyes, aunque sean injustas, deben cumplirse”. En la línea de: “La letra con sangre entra”, aplicado a la política en pleno conflicto y como supuesta genial respuesta moderada a la radicalidad de los adversarios políticos.

Otro gran momento del libro con anclaje en la actualidad: “–¡En el gobierno de la ciudad, que Dios nos proteja de los puros! –Yo reclamo la pureza. –Pues yo temo a quienes la proclaman. Vuestros puros o los puros que se alzan contra vos. Es igual”. Es la política de los extremos, del “hablar alto y claro”, que da retuits en Twitter o 'likes' en otras redes, pero que reduce la política a un carrera por la aseveración más contundente, y poco más. Un desahogo que ahoga el debate, porque cuando algún participante en esa carrera quiere apearse porque no puede seguir el ritmo o alcanzar a los purísimos, recibe ración doble de castigo, acusado de traición y sin la suficiente credibilidad para señalar a aquellos con quienes competía hasta hace poco y que ahora lo estigmatizan.

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Hoy, pasados los siglos y salvadas todas las evidentes distancias, lo que más se extiende entre los más populares propagadores de la política y del activismo radical es la contraposición entre una pasión equiparada casi automáticamente con la verdad, frente a la reflexión que se asemeja a cálculo y a inacción o conformismo con un contexto (eso sí, efectivamente) francamente mejorable. Ahora, los Maquiavelo de hoy ya pueden defender sobre el papel el retorno a los valores cívicos y patrióticos de la vieja República clásica, pero con su método (o con la perversión de él) a muchos nos helaron el corazón. Y ahí seguimos encallados.