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Al contado

El PIB y las profecías autocumplidas

El PIB y las profecías autocumplidas

Agustí Sala

Entre 1995 y el 2007, el crecimiento fluctuó pero no se llegó a retroceder

Aunque la evolución económica no es nada sombría por ahora, no paran de llegar avisos sobre una futura crisis recesión. El producto interior bruto (PIB), el valor de toda la riqueza que se genera en el país, cerró el 2018 con un crecimiento del 2,5%. Está sin duda lejos de los niveles anteriores del 3%, pero duplica la tasa de crecimiento de la zona euro.

Lo que no se puede negar es que la economía se desacelera, como sucede a escala global. Y no digamos en Italia, donde ya están en recesión, es decir, el PIB retrocede.

Ante de descender, el PIB suele dar señales. En la crisis olímpica, con un descenso económico del 1% en 1993, el crecimiento se fue reduciendo desde el 5,5% en 1987 hasta el 0,9% en 1992. Pero el rebote tras la caída fue rápido y dos años después de esta, el ritmo de crecimiento ya era otra vez del 5%.

Después de alcanzar un máximo del 4,2% en el 2006, el PIB creció el 3,8% en el 2007 y un año después lo hizo apenas el 1,1% para desplomarse finalmente el 3,6% en el 2009. La recuperación ha sido mucho más lenta esta vez. Se entró en una crisis de la que no se salió, en términos macroeconómicos (otra cosa son sus secuelas, como la desigualdad o la precariedad laboral) hasta el 2014. El techo se tocó en el 2015, con el 3,6%.

Desde entonces se ha ido perdiendo fuelle, de forma más acelerada en el 2018, y con perspectivas de que así siga en el 2019. El Gobierno estima que este año el crecimiento será del 2,2%.

Procesos de desaceleración anteriores, en los que los gobiernos negaban una y otra vez la posibilidad de una crisis, generan temores. Al igual que los estudios que revelan que en los ciclos económicos,  las crisis regresan como máximo cada 10 años. Pero, entre 1995 y el 2007 se vivieron años fluctuantes, entre el 2,7% y el 5,3%, pero en ningún momento hubo un retroceso. 

Todo lo que pueda suceder a partir de mañana entra en el campo de las previsiones. Y, como diría el físico Niels Bohr, al que se la atribuye la frase, hacer predicciones es muy difícil, especialmente cuando se trata del futuro. Lo demuestran estudios como la Diana Esade (la próxima, la del 2018, se publicará en unas semanas), que revelan que nadie acierta con las estimaciones.

La tendencia bajista, en cualquier caso, es clara. La duda es si nos encontramos en la antesala de la caída por una pendiente o si, por el contrario, estamos en una especie de receso antes de retomar la escalada. Las variables externas, como el 'Brexit' o la posible guerra comercial entre EEUU y China, apuntan a una menor contribución del comercio mundial. Está por ver. 

La verdad es que las informaciones que se difunden acaban afectando al ánimo de los ciudadanos, en positivo o en negativo, y desatan la euforia o el temor, cuando no el pánico, empleando la terminología del historiador económico Charles Kindleberger. Y eso afecta a miles de pequeñas decisiones, de cambiar de coche a ir al cine. Y es ahí donde uno piensa que, muchas veces, las previsiones se convierten en profecías autocumplidas.