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El actor y cómico estadounidense Steve Martin.

JOHN LAMPARSKI

Deporte y maquillaje

Mikel Lejarza

Cuando Steve Martin recogió el premio al mejor comediante del año, confesó que, desde que le informaron del galardón y pese a haberlo intentado con todas sus fuerzas, no conseguía emocionarse suficientemente como para poder llorar. Y añadió que hubiese preferido ganar un Globo de Oro, pero que “francamente no podía pagármelo”. Fue un momento memorable, uno de los muchos que ha protagonizado el genial cómico norteamericano a lo largo de su ya exitosa carrera como actor, escritor, músico, mago y monologuista. Pero detrás de su afilada lengua había una provocación inteligente, desmitificadora y llena de buen humor referida a los premios que tanto abundan en un sector, que como el audiovisual, gusta, disfruta y necesita de las pasarelas con fotógrafos y cámaras enfrente, mucho más que los niños en un parque de atracciones.

Los premios que tantas pasiones despiertan en la profesión cada vez concitan menos atención del público

Pero a tenor de las audiencias que cosechan año tras año Oscars,  Goyas, Emmys, Globos de oro y demás, parece que los premios que tantas pasiones despiertan en la profesión cada vez concitan menos atención del público. Sirven, eso sí, para promocionar a los candidatos que aspiran a ganarlos, llenan  páginas de actualidad, horas de emisión en las radios y en las televisiones. Y cada director, actor o productor tiene su particular momento de gloria pasajera que él o ella recordará para siempre tras regar su ego convenientemente durante los breves minutos de su discurso.

Pero raro es el año en que galardones y distinciones de todo tipo coinciden con los gustos del público mayoritario, y esa distancia entre académicos y críticos especializados con el sentir general de televidentes, oyentes o asistentes a las salas de cine cada año va agrandándose más y más. Y en ello reside la clave para entender por qué los eventos que se organizan para elegir lo mejor de un determinado sector, poco a poco son menos seguidos y tomados en consideración. El público es sabio y siempre termina por ignorar a quien  no cuenta con él.

Lo bueno del deporte es que los que más ganan son por regla general los mejores

Claro que hay casos, por suerte cada vez más abundantes, en que crítica y público coinciden; pero luego ‘Moonlight’ gana a ‘LA, la land’, pese a Warren Beatty; ‘La maravillosa Sra. Maisel’ es mucho más premiada y considerada que ‘This is us’ (a la que la revista más seguida del sector acusó de “pornografía sentimental”), pese a que semana tras semana consigue estar entre los diez programas más vistos, mientras que la serie de Amazon sólo es seguida por una exquisita minoría; y Bertín Osborne vende más discos que Coldplay. Cosa de artistas y del complejo universo en el que habitan creatividad, autoría e industria todo al mismo tiempo e indisolublemente en el mismo paquete.

No ocurre lo mismo con el deporte, donde ya se sabe que a la larga (La Liga) o a la corta (las Copas) siempre las ganan los mejores, pese a árbitros que se equivocan, el VAR que no los corrige y las millones de opiniones diferentes que cada falta cerca del área contraria suscita. Lo bueno del deporte es que una vez terminada la competición el ganador es indiscutible y que los que más ganan son por regla general los mejores. Pero en el deporte sus héroes sudan, mientras que en las alfombras rojas prima el maquillaje.

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