25 nov 2020

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El entrenador de Qatar, Félix Sánchez, mateado por sus jugadores tras ganar la Copa Asia.

Khaled DESOUKI (AFP)

Catar y el valor del entrenamiento

Axel Torres

El equipo de Félix Sánchez ha ganado la Copa de Asia gracias a su trabajo formativo y no por nacionalizar a jugadores extranjeros

Catar se proclamó campeón de Asia absoluto por primera vez en su historia y lo hizo desafiando todos los pronósticos. Para ello ha tenido que derrotar a los dos grandes clásicos del continente, Corea del Sur y Japón, que la aventajan en muchos años de tradición y que cuentan con una población muy superior (2 millones y medio de habitantes Catar por 51 Corea y 126 Japón).

Cuando oímos hablar por primera vez de la Academia Aspire, un proyecto financiado por el gobierno catarí para alcanzar la excelencia en el deporte, existía cierta preocupación alrededor del método que seguiría para conformar un equipo de fútbol potente partiendo prácticamente desde la nada. Aspire abrió academias para detectar talento y formar a promesas en partes muy dispares del planeta, centrando gran parte de sus esfuerzos en África. El plan consistía en buscar país por país a los chicos con mejores condiciones, entrenarlos y educarlos en Senegal. Una vez fueran mayores de edad, les ofrecería la oportunidad de completar su formación en Doha. Las voces más críticas acusaron a Catar de querer comprar el talento de otros lugares para conseguir una especie de selección mundial que acabara vistiendo la camiseta de su país. Los responsables de Aspire siempre contestaban que los chicos serían los que, con total libertad, elegirían si representar a Catar o a su país de nacimiento.

Y aquí viene lo más sorprendente del asunto. Este primer éxito de Catar en el panorama internacional ha llegado con un equipo formado casi en su totalidad por futbolistas nacidos o criados en el país. En contra de lo que sospechábamos, los resultados han sido fruto de entrenar a jugadores forjados en el propio territorio. De la selección campeona, sólo el lateral derecho Ró-Ró no responde a este perfil: tenía una carrera modesta en Portugal y en 2011 se fue a jugar a la liga catarí, donde triunfó y acabó nacionalizándose. Y no es, para nada, uno de los jugadores más decisivos del equipo. Del resto, todos nacieron en Catar o llegaron al país siendo niños por cuestiones familiares. Es llamativo teniendo en cuenta que en el origen del proyecto, cuando el fútbol formativo aún no podía dar resultados a la selección absoluta, sí fue habitual ver liderar a Catar a jugadores como el uruguayo de nacimiento Sebastián Soria, que aterrizó por primera vez en Doha siendo ya profesional.

Que esta selección catarí haya ganado con talento local da un gran valor al entrenamiento y a la metodología implantada por los técnicos, en su mayoría españoles -muchos de ellos procedentes de la cantera del Barcelona-, como Félix Sánchez Bas, el gran artífice de este éxito. Reivindica hasta qué punto el trabajo de campo, cuando está planificado con tiempo y ejecutado por profesionales de máximo nivel, puede mejorar a cualquier equipo. Pero también encierra otra conclusión menos esperanzadora: ese trabajo colosal sólo está al alcance de quien pueda pagarlo. El mérito de Catar ha sido, a diferencia de otros proyectos grandilocuentes basados en fuegos de artificio, saber invertir bien el dinero, con cabeza y método. Pero ese dinero no lo tiene todo el mundo.

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