20 feb 2020

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La situación en Oriente Próximo

Un niño yemení pasea con su bicicleta junto a los escombros de una vivenda en Saná destrozada por los bombardeos aéreos 

YAHYA ARHAB (EFE)

La cumbre de las excusas y la decepción árabes

Itxaso Domínguez

La reunión de la Liga Árabe celebrada en Beirut representa un caso de estudio del desorden regional

Es una tradición no escrita entre analistas no prestar atención a las cumbres organizadas por la Liga Árabe. La Liga es una organización internacional nacida del ideal panarabista, hoy convertida en un ‘club de dictadores’ que tiene como única función legitimar las decisiones que adopten los estados que lleven la voz cantante. La Cumbre Árabe de Desarrollo Económico y Social que se celebró en Beirut el 20 de enero no era excepción, pero las circunstancias en las que finalmente tuvo lugar representan un caso de estudio del desorden regional.

La cuenta atrás se vio marcada por desaires en serie por parte de líderes árabes (con la excepción de Mauritania y Qatar). Sus justificaciones fueron variopintas, pero el motivo real era el posicionamiento regional del Líbano, particularmente en relación con la amenaza del ‘creciente chií’ dominado por Irán. El discurso del secretario de estado estadounidense en El Cairo encendió todas las alarmas. ¿La prueba? La gran mayoría de estos lideres sí que participarán en la próxima cumbre anti-Irán organizada por Washington en Varsovia.

Líbano es símbolo de algunos de los males de la región

La crisis intra-Golfo también fue protagonista al presentarse a última hora el emir de Qatar, al igual que la importancia creciente del Cuerno de África con la ausencia súbita de Somalia. Dos asientos vacíos: el de Libia y el de Siria. Damasco no fue invitado, a pesar de las iniciativas regionales posnormalización. La Administración de Estados Unidos ha dejado sin embargo claro que desea ralentizar el regreso de Siria al redil árabe, postura compartida por Arabia Saudí. Pocas horas después caían bombas israelíes cerca de Damasco.

En el ojo de la tormenta el propio país organizador, Líbano. El país ha sido escenario de los principales enfrentamientos regionales en numerosas ocasiones, y son sus movimientos políticos quienes dictan su política exterior. El país, sin gobierno desde hace más de ocho meses y acostumbrado a los vacíos de poder, es además símbolo de algunos de los males de la región: Estado disfuncional, contrato social hecho añicos, economía captiva, clientelismo y neopatrimonialismo, y sectarismo fruto de las ignominiosas políticas identitarias puestas en obra por los diferentes regímenes.

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El comunicado final se limitó a los consabidos brindis al sol, prometiendo establecer un fondo regional para invertir en tecnología y apoyar a los jóvenes de la región. Ningún acuerdo concreto sobre los más de cinco millones de refugiados en Líbano, Jordania, Turquía e Irak. Ningún arreglo referente a la reconstrucción posconflicto. Ninguna mención a la crisis humanitaria en Yemen.

Cualquier cumbre regional parece hoy condenada al fracaso, ante una preocupante ausencia de voluntad política para adoptar políticas basadas en la acción colectiva y el consenso. Precisamente cuando, de la mano de los conflictos que desgarran a sus pueblos, los desafíos transnacionales –cambio climático, tendencias demográficas…– son más urgentes que nunca.