Ir a contenido

EN CLAVE EUROPEA

La cancillera alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Emmanuel Macron, a su llegada a la firma del Tratado de Aquisgrán.

SASCHA STEINBACH (EFE)

La revitalización pendiente de la UE

Eliseo Oliveras

Los gobiernos y partidos europeístas siguen sin dar respuestas al malestar ciudadano a cuatro meses de las elecciones

El Tratado de Aquisgrán refleja la desintonía entre Merkel y Macron y los límites del motor franco-alemán

La calamitosa gestión del brexit por parte del Gobierno británico está desviando la atención de los Veintisiete de la cuestión fundamental de revitalizar la Unión Europea (UE). A cuatro semanas de las elecciones europeas de mayo, los gobiernos y partidos europeístas siguen ofreciendo más de lo mismo a los ciudadanos descontentos. Mientras tanto, las fuerzas euroescépticas del populismo autoritario y la extrema derecha ganan terreno, gracias a un malestar ciudadano desatendido y a la inestimable ayuda exterior, como la del Gobierno ruso y la del norteamericano Steve Bannon y su entorno.

El estudio de Leornardo Morlino y Mario Quaranta ¿Cuál es el impacto de la crisis económica en la democracia? Evidencia desde Europa, elaborado en el 2016 por los profesores Leonardo Morlino y Mario Quaranta, mostró que el malestar por la política socioeconómica hace caer la confianza ciudadana en los partidos tradicionales y en las instituciones, reduce la participación en las elecciones e impulsa el voto de protesta a fuerzas alternativas. Niccolò Milanese, coautor con Lorenzo Marsili del libro Ciudadanos de ninguna parte: Cómo Europa puede salvarse a sí misma, señala que, sin una democratización de la economía europea y una política más social, la ultraderecha seguirá explotando el malestar ciudadano en beneficio de sus agendas políticas autoritarias.

La firma esta semana del nuevo tratado franco-alemán en Aquisgrán intenta enviar un mensaje positivo, reafirmando la voluntad de Berlín y París de profundizar el proyecto de integración europea. El tratado constituye un gesto simbólico importante por el compromiso europeísta, ya que los ambos suman un tercio de la población de la UE a Veintisiete.

Pocos avances

Sin embargo, el Tratado de Aquisgrán adolece de falta de ambición, reafirma prácticas ya existentes y aporta pocos avances concretos respecto al anterior Tratado del Elíseo de 1963. Las carencias se ocultan detrás de promesas que reflejan el camino que aún deben recorrer Berlín y París para acercar sus posturas en cuestiones clave. El objetivo de "favorecer una mejora constante de las condiciones de vida y trabajo" (preámbulo), por ejemplo, se queda en un mero enunciado, que ni se desarrolla en los artículos.

Las falsedades sobre el tratado, que han difundido dirigentes ultraderechistas —como que Alsacia y Lorena quedarían bajo tutela alemana—, muestra hasta qué nivel se ha degradado el debate político en la UE. También revela hasta qué punto se ha hundido la capacidad de razonamiento crítico de los ciudadanos para que esas y otras falsedades puedan difundirse sin coste político alguno para sus autores. Este problema no se limita a los dirigentes de la extrema derecha, sino que las falsedades como instrumento político son usadas cada vez con más frecuencia por destacados miembros del Partido Popular Europeo (PPE) y otras fuerzas conservadoras.   

Las carencias del tratado reflejan las limitaciones del encallado y divergente eje franco-alemán. Desde la llegada al poder en el 2005 de la cancillera alemana, Angela Merkel, se ha caracterizado por la progresiva imposición del diktat alemán y la aquiescencia resignada francesa. Las iniciativas del presidente francés, Emmanuel Macron, para reimpulsar el proyecto europeo han tropezado con el nein de Merkel, quedando reducidas a vagos compromisos a la medida de los intereses alemanes.

Otros aliados

El eje franco-alemán ha perdido su antiguo papel de motor del proyecto europeo, pero nada puede hacerse sin su aquiescencia. Con la salida del Reino Unido y la ausencia política de Italia en el debate europeo desde hace décadas, Alemania y Francia son los poderes políticos dominantes en la UE, aunque, cuando existen discrepancias entre ambos, Berlín no duda en utilizar a otros aliados para obligar a París a acomodarse a los designios alemanes.

La primacía política franco-alemana y su enorme influencia sobre la Comisión Europea siguen despertando recelos en los pequeños y medianos países europeos. Precisamente en la firma del tratado, el presidente de la UE, el polaco Donald Tusk, subrayó que "reforzar la cooperación en pequeños formatos no es una alternativa a la cooperación en toda Europa" y defendió "una Europa de naciones iguales que se apoyan mutuamente".

La adhesión de los países de Europa Oriental y el debilitamiento interno del eje franco-alemán han conducido a una fragmentación de la UE en diferentes grupos que defienden intereses contrapuestos. Además del eje franco-alemán, están el Grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, Eslovaquia y la República Checa) y la Nueva Liga Hanseática (Holanda, Irlanda, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Lituania, Letonia y Estonia). El gran ausente es un grupo que defienda los países del sur.