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Michel Houellebecq, en una imagen del 2017.

El cenizo de Michel

Ramón de España

Ya he tenido un par de veces en las manos la nueva novela de Michel Houellebecq, 'Serotonina', y en ambas ocasiones la he vuelto a dejar en la mesa de novedades de la librería. Pregunto a los amigos si he hecho bien y suelen decirme que sí, que la novela es una memez, que la provocación es de chichinabo y que parece escrita en un fin de semana, deprisa y corriendo. Los críticos literarios, por el contrario, tienden a ponerla por las nubes. Finalmente, hago caso de los amigos y paso de comprarla. Tal vez porque yo también estoy un poco harto de la visión miserable del mundo que tiene el señor Houellebecq, aunque no soy precisamente un optimista. Simplemente, para que me vuelvan a explicar que el mundo es un horror, la vida un asco y los seres humanos unos gusanos abyectos -sea desde la literatura o el cine-, prefiero ahorrarme la experiencia. Muchas gracias, señor Houellebecq, pedazo de cenizo, por abrirme los ojos ante los espantos de la existencia, pero hace tiempo que los tengo abiertos y que sé positivamente que este mundo, como cantaba Germán Coppini, "No da para más / No da para más / Que aparezca un alien divino y nos haga soñar".

Yo creo que el alien divino era David Bowie, que ya no nos puede hacer soñar porque lleva más de tres años muerto. Houellebecq no nos hace soñar -o solo pesadillas- y es un cenizo que se repite más que el ajo. Disfruté mucho de sus primeras novelas -especialmente de 'Plataforma'-, pero me fui cansando progresivamente de esa desesperación tan rentable y de su habilidad para monetizar el asco a la vida. Dejé de creérmelo, y cuando lo veo vestido de pingüino en su reciente boda con una fan china -Sarkozy entre los invitados- me da una cierta grima. A veces pienso que aún le guardo rencor por la tardecita que me dio hace años, cuando le presenté en el CCCB 'Las partículas elementales' y me hizo copartícipe de una 'performance' desesperante a base de largos silencios, miradas de orate y claro desinterés- si no desprecio- por la audiencia. Pero diría que no, que, simplemente, me he cansado de sus eyaculaciones, gimoteos y eructos literarios, así como de su pose despectiva y perdonavidas, que sus seguidores disfrutan como un masoquista los vergajos de su ama.

El triunfo de un cenizo desagradable es una rareza digna de mención, pero si es para el Domund, ya he dado, como decíamos antes.