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ANÁLISIS

La cancillera alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Emmanuel Macron, a su llegada a la firma del Tratado de Aquisgrán.

SASCHA STEINBACH (EFE)

El corazón de Europa late en Aquisgrán

Rosa Massagué

Los europeístas deben apoyar el tratado firmado por Merkel y Macron: Europa funciona cuando el eje franco-alemán es sólido

Aquisgrán, Aachen, Aix-la-Chapelle. Tres nombres para una misma ciudad. Tres nombres para el corazón de una Europa que fue imperial con Carlomagno. Tres nombres para un gran nudo histórico y cultural en el que se entrelazan Alemania, los Países Bajos y Bélgica, y a muy poca distancia de Francia y Luxemburgo, cinco de los seis países fundadores de lo que hoy es la Unión Europea (UE). El tratado firmado este martes en aquella ciudad por Emmanuel Macron Angela Merkel para estrechar la cooperación entre ambos países y dar un nuevo impulso a la UE es una lección de historia. Lo es por el lugar, pero lo es también por coincidir con el día en que, en 1963, Charles de Gaulle y Konrad Adenauer firmaron el Tratado del Elíseo con el que ambos países buscaron a efectos prácticos la reconciliación después de tres guerras que les enfrentó, la franco-prusiana (1870-1871), la primera guerra mundial (1914-1918) y la segunda guerra mundial (1939-1945), sin olvidar las anteriores guerras napoleónicas.

Cuando aquellos mandatarios firmaron el tratado habían pasado solo 18 años desde el fin de la última contienda. Pese a que muchas heridas permanecían abiertas o mal cicatrizadas después de aquella conflagración, ambos países en fase de reconstrucción –como toda Europa-- supieron engrasar el eje franco-alemán que se convirtió en el gran motor europeo cuyo funcionamiento ha sido ajeno a posiciones partidistas. Uno de los momentos más constructivos de la Unión fueron precisamente los años en que en París el socialista François Mitterrand presidía la República, y en Bonn, la sede del Gobierno de una Alemania aún dividida, era canciller el cristianodemócrata Helmut Kohl.   

Populismo y antieuropeísmo

La historia es un bien imprescindible para saber de dónde venimos, pero también es una mercancía usada de forma espuria. Y es también a veces voluntariamente olvidada. En un momento muy delicado de la Unión, cuando a la crisis del brexit se añaden unas próximas elecciones que pueden consagrar el ascenso del populismo y, paradójicamente, del antieuropeísmo, la firma de este martes en Aquisgrán es una lección necesaria para no repetir errores pasados.

Ante la dificultad del momento, se echa de menos una mayor ambición en el nuevo tratado, aunque posiblemente sea el máximo que ambos políticos han podido firmar dadas las circunstancias. Angela Merkel, en lento declive tanto ella como su partido, ya está de salida del escenario político. Emmanuel Macron tiene una dura contestación en casa y aquel impulso con el que llegó al Elíseo se ha visto frenado por la realidad del gobierno diario y la distancia con los problemas reales de los franceses.

Corresponde ahora a todos los europeístas apoyar el tratado. Europa ha funcionado cuando el eje franco-alemán ha sido sólido. Y esto es la gran lección contra el cinismo de personajes como Marine Le Pen que no han dudado en utilizar el nombre de Alsacia y Lorena, las dos regiones fronterizas por las que miles y miles de hombres murieron en las guerras entre Alemania y Francia, para atacar la firma de Aquisgrán.