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Editorial

El conflicto del taxi y los VTC

Bloqueando la ciudad y con episodios de violencia no se defienden legítimos derechos laborales

Decenas de taxis cortan la Gran Via de Barcelona.

Decenas de taxis cortan la Gran Via de Barcelona. / PAU BARRENA (AFP)

Unos seis meses después de que los taxistas bloquearan el centro de Barcelona en su pulso con el Gobierno central por la regulación sel sector ante la irrupción de plataformas como Uber y Cabifylos taxis han vuelto a ocupar el centro de Barcelona y los VTC, parte de la avenida Diagonal. El conflicto vuelve a estar servido, esta vez contra la regulación de la Generalitat, que ha hecho que los taxis se alcen airados. Ese decreto, que establecía medidas pioneras como el tiempo de antelación con el que se puede contratar a Uber y Cabify, ya es historia, como ayer vino a decir el ‘conseller’ Damià Calvet al avisar de que la norma se verá afectada por las posturas «irreconciliables» entre el sector de las VTC y el de los taxis.

Hay que asumir que, diga lo que diga al final el reglamento, las posturas son, en efecto, irreconciliables. El proteccionismo del que gozaban los taxistas previo pago de una cara licencia es insostenible, como también lo es la liberalización total que pretenden los nuevos actores. El conflicto no va a terminar ni con la eliminación del competidor ni con un acuerdo que satisfaga a todas las partes. Ni el taxi puede aspirar a acaparar todo el mercado como antes ni Uber ni Cabify pueden dañar de forma insostenible un sector que se ha erigido sobre un sistema de costosas licencias como una forma, por parte de las administraciones, de privatizar un servicio público.

Es en este contexto en el que las administraciones deben hacer su trabajo, por muy complejo que sea en este caso, que lo es. No ayuda nada a solucionar el problema que las divergencias entre EconomiaTerritori y el Ayuntamiento de Barcelona sean tan evidentes. Mientras las administraciones se acusan de ineficacia e inacción y son incapaces de hacer su trabajo, los taxistas bloquean el centro de Barcelona y convierten a los ciudadanos en rehenes de sus reivindicaciones. 

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Esa es la otra cara del conflicto, nefasta. Una cosa es el legítimo derecho de huelga –fuera de toda discusión– y otra cosa es bloquear el centro de Barcelona ante la mirada estupefacta de muchos ciudadanos y la inacción de las administraciones. Por no hablar de los intolerables actos de violencia protagonizados por taxistas. Sí, son esporádicos y minoritarios, pero siempre aparecen cuando el taxi entra en ebullición, un hecho sobre el que el sector debe ejercitar la autocrítica más severa. Esta no es la forma de defender legítimos derechos.