29 mar 2020

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Análisis

El papa Francisco, este domingo.

FILIPPO MONTEFORTE

El fin de la impunidad de la pederastia clerical

Juan José Tamayo

Las víctimas han empezado a hablar, a denunciar y a señalar a los agresores sexuales con nombres y apellidos

Gracias al excelente trabajo de investigaciónde los medios de comunicación no eclesiásticos vamos conociendo la magnitud y gravedad de los casos de pederastia clerical, que son tan universales como lo es la propia Iglesia católica. Dichos medios están haciendo la labor que correspondería a las instituciones y a los medios de comunicación católicos. Han abierto sus páginas a los relatos estremecedores de las víctimas que sufrieron agresiones sexuales en la más absoluta indefensión, y han dado voz y credibilidad a quienes la jerarquía católica se las negó durante décadas. Trabajo que contrasta con el silencio generalizado de los medios en manos de la Iglesia.            

A partir de esas informaciones se están produciendo avances muy importantes. El primero es la pérdida del miedo de las víctimas, que han empezado a hablar, a denunciar y a señalar a los pederastas con nombres y apellidos y a ubicar los escenarios en los que se producían las agresiones sexuales: parroquias, colegios religiosos, seminarios, noviciados, casas sacerdotales... El último revelado afecta a la abadía de Montserrat. Tal modo de proceder está animando a otras personas que sufrieron agresiones similares a exponer públicamente sus casos y a denunciar a los culpables. Lo deseable es que se produzca una suerte de 'MeToo' generalizado.

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El segundo cambio son las constantes denuncias ante la jerarquía eclesiástica y los tribunales de justicia, que suponen el fin de la impunidad de las personas consideradas sagradas. El tercero es el procesamiento no solo de los responsables de tan viles crímenes, como los ha calificado el Papa, sino también de los encubridores, fueran cardenales, arzobispos, obispos, que han tenido que sentarse en el banquillo de los acusados. Dos casos cabe destacar: el del cardenal Philipe Barbarin, arzobispo de Lyon (Francia), que ha tenido que comparecer ante la justicia acusado de guardar un silencio cómplice y encubridor ante la pederastia; el del cardenal Ricardo Ezzati, arzobispo de Santiago de Chile, citado por el ministerio público como imputado por no denunciar casos de agresión sexual de varios sacerdotes. La justicia ha ido todavía más lejos en el caso del cardenal George Pell, exprefecto de la secretaría de Finanzas del Vaticano, condenado por agresiones sexuales a dos menores de edad y por haber encubierto otros casos de pederastia siendo obispo en Australia.

El cuarto avance ha sido la creación de asociaciones de víctimas para llevar los casos de tan horrendos crímenes a los tribunales. El quinto ha sido la expulsión, por parte del papa Francisco, de cardenales, arzobispos, obispos y sacerdotes de sus cargos y funciones religiosas. Tal actuación contrasta con la de los papas anteriores que, como mucho, se limitaban  a recluir a los pederastas en monasterios para dedicarse a la oración y a purgar sus pecados. Es lo que hizo Benedicto XVI con el fundador de los Legionarios de Cristo, el mexicano Marcial Maciel, pederasta durante décadas con total impunidad y permisividad. La pederastia clerical ha dejado de ser impune.