Dictadura del mercado cultural

Lo raro es cada vez más raro

El gusto extraño, el criterio particular, está proscrito; no hay oferta ni en las tiendas ni en internet

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Lo raro es cada vez más raro

LEONARD BEARD

Es una estafa. La oferta no es lo que uno quiere sino lo que le meten por los ojos. La oferta ejerce su dictadura sobre la demanda. Siempre me pasa. Cuando busco los zapatos que he llevado toda la vida, pero ya no se hacen. O las veces, por ejemplo estas navidades, que voy a comprarme un disco raro, pero actual, que no hace mucho que salió. Por ejemplo, algo específico de la compositora de música contemporánea Nicole Lizée. Es canadiense. Para escribir su música, echa mano de todo lo que ha oído, de todo lo que hemos oído, y convierte en instrumentos los juegos de ordenador y los objetos. Los instrumentaliza en el mejor de los sentidos. Y todo eso lo mezcla con 'loops' de platos de 'dj's' y de dialógos de películas. Su música interactúa con lo que sucede fuera de los músicos. Ha compuesto estudios sobre el cine de Hitchcock y de Kubrick. El Kronos Quartet los ejecuta maravillosamente. Se puede ver en Youtube algún fragmento de estos conciertos.

El gusto raro, el criterio particular está proscrito

También se comprueba que a mayor libertad de mercado menor libertad de consumo cuando, sin ir más lejos, se descataloga un disco más o menos nuevo, y ya no está al acceso de nadie. Cuando se invisibiliza una parte de la cultura y el resultado es la homogeneización cultural. Así pasa con el misterioso disco 'Memory Forms' de la compositora neoyorquina Linda Catlin Smith. (También vive en Canadá. En ese país hay una corriente de música contemporánea muy novedosa.)

Poner en circulación un material cultural que el mercado rechaza y condena al olvido ni siquiera es guerrilla cultural, son primeros auxilios

Lo mismo sucede con el cine: el gusto raro, el criterio particular está proscrito. Como esa música, ese cine, esa cultura no se lleva, como no es famosa, no la venden en las tiendas y si nos proponemos encargarla los comerciantes no tienen manera de pedirla. Y tampoco figura en los principales canales de venta de la red. Ni en los marginales. A veces, en la pagina web de un compositor uno puede comprar un archivo de audio; pero lo que yo quiero es tener el disco, con la portada y el cuaderno de las explicaciones. Aún no he renunciado a la relación física con lo que me gusta. Con los objetos que aprecio, con las cosas que adoro. Escuchar música por Spotify es como oír llover. Reconforta, pero uno no puede hacer nada más que dejar que siga cayendo. Nada como tener el disco en la mano. Como leer con atención el título, la duración, el compositor, los músicos de cada tema que empieza. Mirar las cubiertas, perderse en sus detalles. Escudriñar el disco por delante y por detrás mientras va sonando. Leer sobre lo que uno está escuchando, para empaparse hasta el tuétano. A eso se le llamaba antes aprender. También se le decía pasar el tiempo, y hasta perder el tiempo. Perdiendo se aprende aún más que ganando.

Persiguiendo lo grande se ha aniquilado lo pequeño

Entonces llega el arrebato de rabia. El momento de la venganza. Saca uno la máscara de Anonymous del cajón de las cosas tristes, y con ella puesta se planta ante el ordenador. ¿Es piratería bajarse una película que no hay manera de comprar, de pagar por mucho que uno insista, y que alguien ha colgado en la red porque la grabó en vídeo una de aquellas últimas noches de tele soportable del siglo pasado, y que por eso sale todo el rato la mosca del canal público europeo que la emitió? Claro que es piratería. Pero también tuvo que haber algún Robin Hood de las tibias y la calavera, piensa uno para justificarse. Poner en circulación un material cultural que el mercado rechaza y condena al olvido ni siquiera es guerrilla cultural. Son primeros auxilios. Asistir a un cuerpo agonizante. Y ni siquiera esto ya es posible. Persiguiendo lo grande se ha aniquilado lo pequeño. Para sobrevivir, la parte que va por libre de la cultura necesita macrosistemas a los que agarrarse como esa ave, el picabueyes, que vive encima de los búfalos. Ver cine minoritario, escuchar música marginal, sirve para desparasitar la sociedad. Pero hoy el parásito es mayor que su anfitrión. De hecho ya no se sabe cuál es cuál. A medida que han aparecido esas plataformas de televisión con sus abrumadoras ofertas de series, películas, documentales... se han sellado los sitios donde encontrar lo que cada vez está más excluido. La pluralidad como abuso de poder. La diversidad como tiránica forma de unanimidad. Los muchos como enemigos de los pocos.

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(En la época en que Ramoncín andaba por la SGAE y se pasaba el tiempo quejándose de que le pirateaban, me dio por bajarme cada día toda su discografía y borrarla acto seguido, por supuesto, sin intención de escucharla ni de tenerla. Un gesto dadá de pirateo. El arte por el arte. Ajuste de cuentas entre rockeros. Un acto inútil).

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