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Marie Kondo, en plena faena ordenadora.

A la felicidad por el orden

Ramón de España

El título de esta columna podría ser el lema de un partido de extrema derecha, pero solo es el subtexto de toda la actividad profesional de Marie Kondo (Tokio, 1984), una mujer tan pequeñita -mide un metro cuarenta y tres- que solo le cabe una idea en la cabeza: la obsesión por el orden doméstico, tema al que ha dedicado varios libros superventas y, ahora, una serie de televisión en Netflix. Si usted necesita a alguien que le enseñe a doblar las sábanas de la manera canónica, Marie es la persona adecuada. A mí, la verdad, la señora Kondo me resulta un pelín irritante, como todas esas personas que tienen la casa tan cuidada y tan limpia que parece un piso piloto, un sitio en el que no vive nadie. Reconozco que soy de natural desordenado y que mi apartamento cada vez se parece más al de una víctima del síndrome de Diógenes en versión cultural: vivo rodeado de libros, cómics, deuvedés, cedés, discos de vinilo, cachivaches varios y una colección de Batmobiles; solo mi fiel asistenta se interpone entre el caos y yo, pero antes me quedaré sin comer que prescindir de sus servicios, pues creo que la única vez que he empuñado una fregona fue en la mili, cuando me quedé en el centro de un salón rodeado de suelo mojado, momento en el que me pilló el brigada Bernardino, que me tenía ojeriza, y me gritó: “¿Pero qué haces ahí en medio, cenutrio?”.

Marie Kondo me estrangularía nada más entrar en casa, pero eso no quita para que yo la considere una obsesiva compulsiva no diagnosticada; o sí, pero da igual, ya que se forra con sus manías, que arrancan a la tierna edad de cinco años y se cimentan a los dieciséis, cuando se desmaya al entrar en su cuarto y al cabo de unas horas oye la voz del que ella llama “el dios del orden”. A partir de ahí, empieza su lucrativo delirio y pone en marcha su imperio del orden doméstico, cuyos vasallos se reparten por todo el planeta. Dice la señorita Kondo cosas como que hay que despedirse personalmente de cada objeto innecesario o que no hay que tener más de treinta libros en casa, todo ello con un lenguaje trufado de chorradas 'new age' que debió de aprender en el monasterio sintoísta en el que trabajó una época vendiendo amuletos.

No la soporto. Amo mi desorden, aunque nunca encuentre el libro o el disco que estoy buscando. Esa mujer es inhumana y da un poco de miedo. Le alabo, eso sí, la astucia para convertir su tara en una máquina de hacer dinero.