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ANÁLISIS

Coutinho controla un balón ante el Eibar.

Una victoria para viajar en tren

Jordi Puntí

Queremos ver a Dembélé y Coutinho, aunque juntos casi nunca funcione; es como un sortilegio de dos hermanos separados al nacer

Este año los Reyes Magos me trajeron el muñeco de un jugador del Barça, uno de esos que técnicamente se llaman una “figura de acción”. Es moreno y alto, con el rostro serio, pero el problema es que no lleva el nombre en la camiseta --lo compraron en una tienda de souvenirs de las Ramblas-- y a día de hoy todavía no sé quien es. Messi seguro que no, porque ese muñeco lleva barba, igual que Piqué. Por sus rasgos podría bien ser Suárez, pero le echo en falta una piñata más prominente. Los rubios tipo Sergi RobertoArthur Rakitic quedan fuera. También, por el color de piel, descarto a Semedo Dembélé. ¿Podría ser Coutinho? ¿O quizá Lenglet? En realidad se parece mucho a Busquets por la seguridad que transmite su rostro...

Los partidos como el de ayer frente al Eibar, cuando el Barça domina pero sin avasallar, me permiten este tipo de ensoñaciones. Hacía tiempo que no vivíamos un partido tan plácido en el Camp Nou. Uno de esos en que un segundo gol --como el de Messi ayer, que además llevaba la carga simbólica del 400-- desactiva a un rival que hasta entonces había sido insistente aunque casi inofensivo. Estos partidos son como un viaje en tren: cómodos y prácticos, te permiten mirar por la ventana y divagar, fijarte en otros detalles como quien observa el paisaje.

Facilidad y plasticidad

Así, la segunda parte me ofreció varios momentos de distracción mental, sobre todo a partir de ese tercer gol que Suárez se sacó de la chistera. Me quedaba embelesado con las jugadas de Coutinho, la facilidad con que se marcha de los contrarios y la plasticidad con que combina --como en ese primer gol de Suárez, maravilloso--, y entonces me preguntaba por qué llevaba tantos partidos sin ofrecernos estos detalles. Comprendí que un día Valverde tendrá que aprender a repartir la titularidad entre Dembélé Coutinho, porque los queremos ver a los dos, aunque juntos casi nunca funcione. Es como un sortilegio de dos hermanos separados al nacer.

Tuve tiempo, incluso, de distraerme con algunos peinados. Me pregunté si la pelambrera al viento de Cucurella, cedido por el Barça al Eibar, le añade un toque heroico a sus internadas. En cambio, las faltas y entradas de Arturo Vidal parecen más graves y peligrosas por su aspecto, como si los árbitros vieran en esa cresta mohicana una amenaza...

Luego la distracción más intensa llegó en los últimos 15 minutos de partido. Cuando todo el pescado ya está vendido, los defensas no actúan con la misma intensidad. De repente los delanteros del Barça combinaban sin mucho esfuerzo, intentado paredes imposibles, con pases de tacón que no progresaban y balones perdidos a tutiplén. Mi mente viajó entonces hacia esos partidos de barrio de la infancia, cuando uno llevaba toda la tarde del domingo jugando en un descampado y empezaba a oscurecer, pero nadie quería irse a casa. Se jugaba por resistencia, nadie se acordaba de como iba el marcador (¿14 a 9?) y lo que importaba era que el balón no se quedara quieto ni un momento. Me pregunto si tras el partido ellos también se fueron a su casa con esa sensación de cansancio infantil, feliz.