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Relación entre opresores y oprimidos

Poder y democracia

IAN LANGSDON (EFE)

Poder y democracia

Ricard Ustrell

Quienes dominan se encargan de hacernos sentir libres, una sensación que evita hacer visible muchas desigualdades

En muchos ámbitos de la vida establecemos una relación dual y desigual. De acuerdo al estilo platónico, estaría la posición de arriba y la de abajo. Cuando cogemos el transporte público, encontramos a trabajadores y usuarios; cuando miramos un partido de fútbol, hay jugadores y espectadores, y así en cualquier lugar, incluso en el doméstico, hay centro y periferia, objeto y consumidor. Una visión totalmente condicionada por la lógica de la explotación. Sin conciencia y, sobre todo, sin mala conciencia (necesaria e intrínseca a la humanidad) perpetuamos la desigualdad.

Atacar la amenaza neutraliza toda organización ciudadana

Es cierto que existe una tendencia global a reconocer las partes débiles de esta relación con movimientos como el #MeToo, el ecologismo, la defensa de los derechos de los animales o la lucha contra la proliferación de armas, pero diría que es una lucha de vuelo gallináceo. No cambia realmente las categorías que, al más puro estilo chomskyano, podríamos sintetizar en opresor y oprimido.

Cualquier intento que últimamente ha tenido el pueblo para decidir es visto como una amenaza por el capital, que actúa inmediatamente con el castigo y la represión. Un ejemplo reciente lo encontramos en Francia con los chalecos amarillos. El peligro de que una queja se convierta en una costra obliga a actuar al poder. Los constitucionalistas, la Policía, los grandes grupos de comunicación, la Monarquía... son, en parte, las propias herramientas que tiene el poder para reprimir.

La existencia de Vox vista como una amenaza beneficia a los partidos tradicionales, ya que los refuerza como 'estabilizadores'

Si miramos un poco hacia atrás, una de las máximas preocupaciones del movimiento 'hippy' a finales de los años 60 en Estados Unidos era precisamente preservar la no violencia. Cuando Richard Nixon comenzó la guerra contra las drogas, reforzando la seguridad con miles de millones de dólares, no hacía otra cosa que generar más inseguridad. Puede parecer contradictorio, pero la estadística explica que a pesar del número altísimo de detenidos no se consiguió reducir el consumo de drogas. El objetivo pues, ideológico, era relacionar las drogas y la violencia con un movimiento surgido desde la gente que tenía como motivación principal la paz. Se impuso el poder y se terminó con el movimiento. Desde entonces, el poder sabe que atacar la amenaza neutraliza cualquier organización ciudadana.

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Vox responde a esta necesidad: su existencia, vista como una amenaza, beneficia a los propios partidos tradicionales, ya que los refuerza como estabilizadores. También encontramos ejemplos en nuevos movimientos antifeministas. La periodista Anna Jean Kaiser explicaba en 'The Guardian' que ya hay un nuevo fenómeno de mujeres que critican el victimismo de las propias mujeres y la tutela de las nuevas leyes.

Hay que añadir la intelectualidad de derechas, que está constantemente observando. Son los que leen nuestros mensajes en las redes, saben qué películas miramos, dónde compramos la ropa, y sobre todo, se encargan de hacernos sentir libres compartiendo la vida y exponiéndola en las redes sociales. Una sensación que evita hacer visible muchas desigualdades, consecuencia de la relación entre los que tienen poder y los que queremos democracia.