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Pacto en Andalucía

Albert Rivera, Pablo Casado y Santiago Abascal

Ciudadanos tenía alternativas

Astrid Barrio

El partido naranja, en su salto al conjunto de España el pasado ciclo electoral, consiguió erigirse como una formación centrista -una cosa inédita en la política española desde la desaparición del CDS- capaz de pactar indistintamente con los partidos de derecha y de izquierda. Y así lo hizo primero tejiendo un acuerdo de más de 200 puntos con el PSOE que por la intransigencia de Podemos no permitió la investidura de Pedro Sánchez, y más tarde, después de la repetición de las elecciones, apoyando a un PP que las había vuelto a ganar. Desde entonces, coincidiendo con un congreso de la formación en el que renunció, no sin contestación interna, a los referentes socialistas y proclamó su liberalismo de acuerdo con su incorporación al Partido de los Liberales y Demócratas por Europa (ALDE), ha ido acentuando su perfil de centroderecha en clara competencia con el PP, una competencia que también se ha trasladado al eje nacional a causa de la crisis catalana. La moción de censura de Sánchez lo pilló con el paso cambiado y en vez de reaccionar con rapidez y optar por conservar su talante centrista, por ejemplo con una abstención, prefirió alinearse con el PP de Mariano Rajoy.

Desde entonces Ciudadanos no ha dejado de alejarse del centro embarcándose en una estéril disputa con el PP que lejos de beneficiarlo ha propiciado el ascenso de Vox en Andalucía. Un partido de extrema derecha que con un programa del todo inasumible para Cs, que produce disgusto a sus socios europeos, Emmanuel Macron se lo acaba de recordar, a Manuel Valls, su apuesta a la alcaldía de Barcelona y a algunos de los fundadores y valedores del alma izquierdista como Francesc de Carreras o Félix Ovejero.  A las puertas del nuevo ciclo electoral haber optado por una alianza de derechas, fácilmente denostable, no vano ya circula el hashtag #trifachito, en vez de explorar otras vías que lo podrían haber vuelto a situar en el centro y ser un partido bisagra, y no necesariamente como en 2015-2016 desde una posición subordinada, tendrá consecuencias.

Y eso que Cs tenía alternativas. En Andalucía podría haber explorado otros acuerdos, al fin y al cabo, si en el 2015 Susana Díaz fue investida fue gracias a su apoyo. Si de lo que se trataba era de desalojarla del gobierno y de incidir en la idea de la regeneración democrática, podría haber exigido su salida a cambio de favorecer la investidura del partido ganador tal y como acabó haciendo con el PP el 2016. Mientras que en el conjunto de España y tomando como base los 200 puntos acordados con el PSOE podría haber mostrado su perfil más moderado y pactista ofreciéndose a negociar algunos aspectos de los presupuestos, erigiéndose así como el campeón de la responsabilidad. En vez de esto crispación, demonización y demanda reiterada de elecciones. 

Albert Rivera haría bien en superar ya el trauma de la moción de censura y valorar los costes de una mayoría de derechas con Vox en Andalucía que condiciona el conjunto de su política de alianzas, su credibilidad europea y dificulta las opciones de Valls a Barcelona. Santo Telmo le cuesta mucho más que una misa.