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Pequeño observatorio

La única cabina de modelo cerrado que queda en Barcelona, en la calle de Lledoner, el pasado viernes.

DANNY CAMINAL

Los móviles que han matado a los teléfonos

Josep Maria Espinàs

Era el tiempo poderoso de las citas, de sufrir si alguien no telefoneaba a la hora prevista

Quim Monzó ha publicado un artículo en el que habla de las cabinas telefónicas que estaban instaladas en las calles. Todavía veo la que había instalada cerca de casa. De eso hace muchos años, claro, y se entiende. Pero también veo todavía la cabina instalada en la plaza de un pequeño pueblo. Yo era un forastero que iba caminando por los pueblos.

En uno de ellos la placita estaba animada. Tres o cuatro adultos y unos cuantos niños y niñas que corrían alrededor por la plaza esperando a que les avisaran de que les tocaba hablar con los padres que seguramente estaban en la ciudad, donde debían trabajar. Era la hora de recuperar el contacto: "¿Cómo estás, cómo va el trabajo, Quimet se ha caído pero no se ha hecho nada. Y la abuela que hace?". Bendito teléfono: "¿Y tú estás bien?". "Sí, no sufras".

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No había móviles. Era el tiempo poderoso de las citas, de sufrir si alguien no telefoneaba a la hora prevista. Ahora han aparecido los teléfonos móviles. Recuerdo una canción que decía: "Contigo en la distancia ...". Aceptar que la distancia puede ser bonita y quizás triste. Vivir a distancia, amar a distancia, puede ser fatigoso o estimulante.

Si volviera a aquel pueblo quizá encontraría unos niños corriendo arriba y abajo por la plaza, pero ninguno de ellos estaría preocupado: llevan un móvil en el bolsillo. No hay que esperar que se dispare un teléfono. En ese pueblo ahora se puede llamar cuando se quiera. Y aquella cabina quizá ha desaparecido.

La espera es un estado de ánimo muy poderoso. Está cargado de impaciencia, de ilusiones, de dudas y esperanzas. La esperanza es una señora a quien le gusta engañar. Quizá por eso, a veces, tenemos que probar suerte con nuevas experiencias.