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Las políticas de acogida

Campamento de menores en la montaña de Montjuïc. 

ALBERT BERTRAN

Migrados solos, ¿crisis u oportunidad?

Sonia Fuertes

Aumentar la inversión social con visión preventiva es la mejor apuesta en términos de justicia, pero también de cohesión y de sostenibilidad del sistema

En los últimos meses se han intensificado las noticias sobre adolescentes y jóvenes que llegan solos a nuestro país generando la falsa sensación de que nos encontramos ante un tema que nos pilla por sorpresa. No se trata de un alud repentino, sino de un fenómeno migratorio estructural que requiere una tarea permanente de acogida e integración con objetivos a medio y largo plazo. Podemos hablar de incremento, pero no de novedad.

Las personas que migran, y también estos jóvenes, arriesgan la vida para poder tener un futuro, para desarrollar un proyecto vital y encontrar su espacio entre nosotros. Y para hacerlo posible deben poder acceder a una vida digna que contemple el reconocimiento de sus derechos. A la vivienda, la salud, la educación... en definitiva, a la igualdad de oportunidades. Ese es el paradigma en el que debemos movernos si creemos realmente en la acogida y aspiramos a ser una sociedad cohesionada.

Permiso de trabajo

En esa línea, la cuestión de la minoría o mayoría de edad debería ser secundaria. El derecho internacional extrema la protección cuando se trata de menores, pero en políticas sociales las acciones deben ser congruentes. ¿O vamos a dejarlos 'saltar al vacío' una vez cumplidos los 18 años? Asegurar que todos tengan permiso de residencia y trabajo sería la mejor política para evitar la exclusión y convertir lo que hoy vivimos como una crisis en una oportunidad. Hoy los procesos administrativos no son ágiles y habrá que cambiarlos.

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Estos jóvenes pueden ser también una oportunidad si somos capaces de mirar más allá de las necesidades inmediatas y el asistencialismo. Ofrecer posibilidades reales de cambio pasa por el mercado laboral ordinario, pero no solamente. También en la acción comunitaria y el soporte mutuo con otros jóvenes o en los cuidados en una sociedad cada vez más envejecida hay terreno para aprovechar su potencial. Depende de nosotros proporcionar los recursos formativos y el acompañamiento para que puedan alcanzar la plena ciudadanía, como sujetos de derechos y obligaciones.

No podemos obviar que mientras no cambien las condiciones en sus países de origen, el flujo se mantendrá. Por tanto hay que trabajar allí y aquí, colaborando a todos los niveles y entre todas las administraciones para que el abordaje sea integral y transversal. Muchas entidades sociales trabajamos allí y aquí y podemos aportar nuestra experiencia para revertir algunos procesos. Ahora bien, hay que garantizar los recursos para ofrecer una atención de calidad y eso comporta planificar, invertir y repensar los circuitos.

La estrategia de acogida e integración que próximamente presentará el Govern debe recoger todos estos aspectos, pero sobre todo debe tener su correspondencia en los presupuestos de los próximos años para reconducir la situación. Se trata de situar las políticas sociales en el centro y acompañarlas económicamente como haga falta, no de repartir migajas para cubrir necesidades segmentadas. El incremento de la inversión social con visión preventiva será la mejor apuesta en términos de justicia, pero también de cohesión y de sostenibilidad del sistema.