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Al contrataque

Oriol Junqueras. 

ARCHIVO / AFP

Hablar por hablar

Carles Francino

Sé que arrancamos un año especialmente complicado, pero de este embrollo solo saldremos hablando. No queda otra

-Oye... ¿habláis con Ciudadanos?

-No.

La respuesta le brotó rápida y seca a Oriol Junqueras cuando se lo pregunté el último día del año. Tampoco es que me sorprendiera, pero tras dos horas de conversación con él y con Raül Romeva salí de la cárcel de Lledoners más convencido que nunca de que ese es el único camino que tenemos: hablar. Sobre todo hablar con quienes no estás de acuerdo porque para los tuyos  bastaría con tomar unas cervezas; a no ser que se trate de compañeros de partido o de 'procés' porque entonces, en algunas ocasiones, hay que acudir a la cita provisto de armadura.

Sé que si le hubiera planteado la misma pregunta a Inés Arrimadas o a Albert Rivera hubieran respondido igual, sé que arrancamos un año especialmente complicado, que el juicio a los políticos independentistas y su previsible condena pondrá otra vez la caldera a máxima ebullición, que la ofensiva de la derecha, furibunda y tramposa, está calando; y que las convocatorias electorales contaminan el calendario. Solo faltaba la eclosión de Vox para complicar aún más el panorama... o tal vez para aclararlo, no lo sé;  pero sí sé que de este embrollo solo saldremos hablando. No queda otra.

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Imagino a más de un lector llegado a este punto  y pensando: “¡Ya salió el buenismo a pasear!” Pues no exactamente; les aseguro que yo -como tantos catalanes, como tantos españoles- no abordo las discusiones sobre este asunto con una florecilla en la mano y con música pastoril de fondo. ¡Estoy hasta la coronilla del tema! Almaceno notables dosis de cabreo con quienes considero responsables de habernos metido en el lío, abomino de la Catalunya integrista y de la España imperial, no soporto más alusiones a golpistas o fascistas, y surfeo para que algunas conversaciones no acaben a gritos. Pero si yo puedo intentarlo, si escucho argumentos que me ponen los pelos de punta pero no me levanto de la mesa (igual que le pasará a algún interlocutor, imagino), si recibo críticas que a veces duelen en lo más íntimo; si yo -como tantos- en mi familia, con amigos, con otros menos amigos, con algún gilipollas que ronda por ahí me esfuerzo por no romper la baraja... tengo el derecho a exigirle a nuestros representantes que no renuncien a hablar, que no den por amortizada esa casilla básica en una democracia. Gemma Nierga estrenó hace tiempo un programa de radio, 'Hablar por hablar', que defendía exactamente eso: el valor intrínseco de las palabras, de la conversación. Y casualmente fue a ella a quien años más tarde, en otras circunstancias mucho más tristes, algunos lincharon por reclamar diálogo para solucionar los problemas. ¿Tanto miedo nos da hablar?